¿Qué diferencia hay entre un equipo que muere con las botas puestas y otro que encuentra, en el último suspiro, la fórmula de la resiliencia? Argelia, contra Jordania, ofreció una lección de supervivencia que trasciende lo meramente deportivo: supo abandonar lo que no funcionaba para apostar por lo eficaz, aunque ello significara renunciar a la estética.
Los pupilos de Vladimir Petkovic llegaron al minuto 69 con el marcador en contra y el destino sellado. Jordania, ya eliminada, había demostrado que la dignidad sin presión produce fútbol peligroso: un pestañeo defensivo, un gol de Nizar Al-Rashdan, y el desastre parecía consumado. Lo curioso del caso es que Argelia había dominado en posesión, en desgaste, en “pirotecnia”, como señala la crónica. Dominar sin concretar es una forma de injusticia que el fútbol, como la política, castiga con crudeza.
Entonces ocurrió lo que Tocqueville habría reconocido como un cambio de régimen en tiempo real: los argelinos “prescindieron de las jugadas elaboradas” y buscaron “la fórmula del balón parado”. No es menor esta mutación táctica. Implica reconocer que el fin legítimo —la clasificación— justifica medios que antes se consideraban menores, mutatis mutandis, que el instrumento debe adaptarse al objetivo cuando el objetivo es la permanencia misma. Nadhir Bembouali, con un cabezazo, y Amine Gouiri, con un toque sutil, ejecutaron la nueva consigna. De la sofisticación a la efectividad: trece minutos que resumen una verdad sobre las instituciones en crisis.
Aquí cabe una pregunta incómoda para los puristas del juego. ¿Es menos valiosa una victoria por córner que una construcción de veinte pases? El fútbol, al contrario de lo que pretenden algunas estéticas, no premia el mérito sino el resultado. Argelia no ganó más fea que Jordania; ganó de otra manera. Y esa capacidad de transición, de saber cuándo el status quo táctico se ha agotado, es precisamente lo que distingue a las selecciones que avanzan de las que se quedan en el camino con la posesión como único consuelo.
Petkovic, entrenador bosnio al frente de una selección africana, personifica una verdad del fútbol globalizado: las identidades nacionales son porosas, los métodos viajan, y la eficacia no tiene pasaporte fijo. Lo que importa es la capacidad de leer el momento. Argelia debía vencer a Austria en la última fecha para soñar; ahora, tras esta remontada, ese partido adquiere la densidad de un res publica en miniatura: todos los ciudadanos-argelinos miran hacia el mismo horizonte, suspendidos entre la esperanza y el cálculo.
Jordania, por su parte, se suma a los eliminados con una derrota que duele menos por el resultado que por el contexto. Había inclinado la balanza con un gol temprano, había resistido el asedio, pero no supo —o no pudo— defender la ventaja cuando el rival cambió de naturaleza. Es la tragedia de quienes juegan con la desventaja de no tener nada que perder: a veces, precisamente por eso, terminan perdiéndolo todo.
El Grupo J queda, así, como un laboratorio de tensiones. Austria, líder probable, espera. Argelia respira. Y el balón parado, ese recurso tan democrático como impreciso, se alza como metáfora de lo impredecible: en trece minutos, lo que parecía imposible se volvió inevitable. ¿Será suficiente? El martes siguiente lo dirá. Mientras tanto, los colombianos que seguimos estos mundiales desde la distancia podemos reconocer en Argelia algo familiar: la esperanza de quien sabe que un error no es una sentencia, siempre que quede tiempo para corregir el rumbo.