Bogotá vuelve a activar su ciclo anual de Festivales al Parque. Ocho eventos distribuidos entre mayo y noviembre, entrada libre, escenarios al aire libre. La propuesta es simple: llevar música y entretenimiento a los espacios públicos sin que el bolsillo sea la barrera.
Para quien no siguió el hilo: estos festivales no son novedad en la capital. Hace años que Bogotá apuesta por activaciones culturales en parques como estrategia de ocupación del espacio público y, de paso, como vitrina de oferta cultural para residentes y visitantes. La diferencia este año es el número de eventos y su distribución territorial.
Lo relevante aquí no es solo la agenda. Es lo que representa: en tiempos donde los espacios públicos enfrentan presión por inseguridad y abandono, una programación de este calibre intenta recuperar parques como lugares de encuentro. Eso tiene peso político, aunque pocas veces se nombre así. Un parque lleno de gente escuchando música es un parque difícil de abandonar, de ignorar, de dejar que se deteriore.
La entrada libre es la clave. No es un beneficio menor. Elimina el filtro económico y, en teoría, abre el acceso a públicos que no pueden pagar entradas a teatros o espacios cerrados. Eso es política pública de bienes públicos, aunque suene a slogan.
El reto ahora es la ejecución: seguridad, accesibilidad, mantenimiento de los espacios antes y después. Un festival al parque exitoso depende de tanto de la música como de que la infraestructura aguante.