¿Puede una victoria contundente dejar un sabor amargo? La pregunta no es retórica en el fútbol de competición, donde el mérito propio no siempre basta para doblegar la aritmética del torneo. Bosnia-Herzegovina goleó 3-1 a Catar en el Lumen Field de Seattle, cumplió con su parte del contrato, y aun así terminó la noche con cuatro puntos y la incertidumbre por compañera. El tercer lugar del Grupo B, empatado con Canadá pero con peor diferencia de goles, los deja esperando a que otros definan si su esfuerzo merece continuidad.
El partido tuvo, mutatis mutandis, la estructura dramática de las res publica fragilizadas: dominio inicial, euforia momentánea, relajación peligrosa y resolución tardía. A los 29 minutos, Kerim Alajbegovic —nombre que los aficionados deberían anotar— enganchó un derechazo desde la zona de tres cuartos que entró casi por la escuadra. Cinco minutos después, una jugada colectiva culminó en el segundo gol, con un remate de Edin Dzeko desviado por Sultan Al Brake en propia puerta. El 2-0 prometía tranquilidad.
Pero los colombianos sabemos, por experiencia dolorosa, que los dos a cero son el marcador más mentiroso del fútbol. Catar reaccionó antes del descanso. Hasan Al-Haydos descuenta al 42’, y en el tiempo añadido Pedro Miguel estrelló un balón en el poste que habría significado el empate. La segunda mitad perdió ritmo; el calor de Seattle, las sustituciones, la tensión de una selección ya eliminada que jugaba sin presión. No fue hasta el minuto 80 cuando Ermin Mahmic, recién ingresado, sentenció el 3-1 en un barullo de rebotes.
La ficha técnica, sin embargo, no registra la paradoja central: Bosnia-Herzegovina hizo lo que debía contra un rival menor, el mismo Catar que sumó un solo punto en tres partidos, y aun así su destino escapa a sus manos. Sergej Barbarez, técnico de los balcánicos, deberá ahora ejercer la virtud que los estoicos llamaban ataraxia: la serenidad frente a lo incontrolable.
Hay en esto una lección que trasciende el deporte. Tocqueville observaba que las democracías modernas premian la acción individual pero castigan con crudeza quien depende del azar ajeno. El sistema de los mejores terceros, diseñado para premiar la regularidad, termina por convertir a algunos clasificados en rehenes de circunstancias que no administran. Bosnia-Herzegovina jugó tres partidos, sumó cuatro puntos, marcó cinco goles, y aún debe esperar.
El contraste con Suiza, líder del grupo con siete puntos tras vencer a Canadá, o con la misma Croacia que resucitó en otra llave, ilustra la diferencia entre quienes controlan su suerte y quienes deben negociar con ella. Edin Dzeko, capitán veterano de 40 años, probablemente disputa su último Mundial. Que su despedida dependa de calculadoras ajenas parece, si no injusto, al menos indigno del espectáculo.
No se trata de lástima deportiva. Los reglamentos son públicos, la matemática es la misma para todos. Pero sí conviene preguntarse si un formato que expande la competición a 48 equipos no acaba por diluir el sentido de la clasificación. Cuando el tercer lugar puede ser premio o condena según variables impredecibles, el torneo pierde algo de su lógica narrativa. Hannah Arendt, en otro contexto, distinguía entre el poder que brota de la acción concertada y la violencia que impone la necesidad. Aquí, Bosnia-Herzegovina actuó con el primero; la segunda le fue impuesta por el diseño.
Los bosnios deberán mirar ahora otros campos, otras horas, otros marcadores. Alajbegovic, Dzeko, Mahmic y los suyos cumplieron con la parte que les correspondía. Que ello no baste es una advertencia que los colombianos, acostumbrados a las matemáticas imposibles de las eliminatorias, reconoceremos sin dificultad. En el fútbol, como en la política, hacer bien lo propio no garantiza el resultado; solo lo hace posible.
Bosnia-Herzegovina se resiste a dejar el Mundial al golear a Catar