Rodrigo Botero Montoya abre su columna de esta semana en La República con una premisa que busca establecer un paralelo: el Reino Unido, una democracia liberal con separación de poderes, prensa libre y elecciones competitivas, decidió mediante referéndum abandonar la Unión Europea en 2016. Ese es el hecho. De ahí, la columna parece derivar una conclusión más amplia sobre la soberanía y la legitimidad de las decisiones políticas de un pueblo.
El problema está en lo que queda implícito. Si la intención es defender el derecho de una población a elegir su modelo político—incluso uno autoritario—mediante una construcción que equipara contextos institucionales radicalmente distintos, esa equivalencia no aguanta. Para quien no siguió el debate: organismos internacionales como la CIDH y la OEA han documentado que procesos electorales en Venezuela operaron bajo represión sistemática y restricciones a la competencia política. El Brexit fue una decisión dentro de una democracia funcional con garantías institucionales. No son comparables.
La Bitácora entiende que la soberanía es un principio importante. Lo que no acepta es que se use para neutralizar la diferencia entre una decisión tomada dentro de un marco de derechos fundamentales y una tomada bajo coerción institucional. Una mayoría en una democracia puede votar decisiones impopulares o equivocadas. Una población bajo represión no está en condiciones de ejercer verdadera soberanía.
Botero no dice explícitamente que Venezuela es como el Reino Unido. Pero la estructura de su argumento lo implica. Eso es lo que hace el paralelo peligroso: no por lo que afirma, sino por lo que deja sin decir.