¿Puede una selección representar aún algo que trascienda el mercado, o el fútbol de selecciones ha quedado reducido a la suma de contratos individuales? La pregunta no es retórica cuando se examina el Brasil-Noruega de estos octavos de final del Mundial 2026, un partido que enfrenta no solo a Vinicius Jr. y Erling Haaland, sino a dos modelos de construcción deportiva que Hannah Arendt habría reconocido como tensiones entre lo público y lo privado, entre la res publica del juego colectivo y la lógica del espectáculo individual.
Brasil llega a este duelo herido en su autoestima histórica. Han transcurrido veinticuatro años desde su última final mundialista, una eternidad para una nación que midió durante décadas su modernización por la calidad de su scratch. La victoria agónica ante Japón, con gol de Gabriel Martinelli al minuto noventa y cinco, revela tanto la resiliencia como la fragilidad de un equipo que ya no impone terror sino que resiste con angustia. Las bajas de Neymar —reducido a símbolo de una generación que no consolidó lo que prometió—, de Wesley y de Lucas Paquetá, sumadas a la condición de suplente de Raphinha, obligan a Ancelotti a construir con lo que queda de una tradición que el mercado ha desmantelado. Los convocados hablan por sí mismos: once clubes extranjeros, dos jugadores en Rusia pese a las sanciones geopolíticas, una dispersión geográfica que hace del entrenamiento nacional un acto de coordinación logística más que de sedimentación táctica.
Noruega, mutatis mutandis, presenta el espejo inverso. Haaland lleva cinco goles en el torneo y su selección depende de él con una intensidad que Tocqueville habría identificado como el riesgo del individuo heroico en democracías pequeñas: cuando el ciudadano excepcional concentra toda la expectativa colectiva, la institución pierde capacidad de sobrevivir sin él. El triunfo ante Costa de Marfil, sellado por el delantero del Manchester City al minuto ochenta y seis, ilustra esta dependencia. Que Noruega haya encajado cuatro goles de Francia en fase de grupos mientras goleaba a selecciones de segundo orden (Irak, Senegal) sugiere un equipo desequilibrado, capaz del prodigio individual pero vulnerable ante la organización colectiva.
Según Infobae Colombia, el encuentro tendrá lugar en el estadio de Nueva York-Nueva Jersey, a las tres de la tarde hora colombiana, con transmisión de Dsports, Gol Caracol, Fútbol RCN y plataformas digitales. El árbitro será Ismail Elfaht. Son datos que importan porque sitúan el evento en su verdadera dimensión: producto global consumido en múltiples pantallas, donde la hora local se ajusta a los mercados latinoamericanos y la elección del estadio responde a cálculos de audiencia más que a tradición futbolística. El Mundial de 2026, con su formato tripartito Estados Unidos-México-Canadá, es el experimento más ambicioso de esta lógica: no hay anfitrión cultural, solo infraestructura disponible.
Karl Popper, en su defensa de la sociedad abierta, advertía que las utopías cerradas terminan por destruir la pluralidad que pretendían ordenar. El fútbol de selecciones, en su versión contemporánea, vive una paradoja similar: se abre al mercado global, pierde sus anclajes nacionales y, al hacerlo, diluye precisamente lo que lo hacía significativo como ritual colectivo. Cuando Vinicius Jr. celebra un gol con el gesto del Real Madrid, o cuando Haaland festeja con la eficiencia mecánica que exhibe en Manchester, ¿a qué comunidad remiten sus cuerpos? ¿Existe aún una patria en el gesto, o solo una marca?
No pretendo nostalgia fácil. El fútbol profesional siempre fue negocio, y el profesionalismo brasileño de los años cincuenta o el «total football» neerlandés de los setenta también navegaron corrientes comerciales. Pero había, en aquellas épocas, una mediación institucional —clubes nacionales fuertes, ligas que formaban antes de exportar, selecciones que se ensayaban durante años— que hoy parece arqueología. El convocado de Brasil que juega en el Zenit de San Petersburgo, o el noruego que milita en el Al-Ahli saudí, son síntomas de una desnacionalización que el espectador celebra sin examinar.
La oposición entre estos dos equipos, finalmente, es menos dramática de lo que sugieren sus nombres. Brasil y Noruega representan variantes del mismo fenómeno: naciones que producen talento individual de clase mundial pero no logran —o no buscan— articularlo en proyectos colectivos estables. La diferencia reside en la memoria: Brasil la tiene, y pesa; Noruega la construye, y prueba. El partido de este sábado decidirá quién continúa en el torneo, no quién posee el modelo superior. Pero para quienes observamos desde Colombia, con nuestra propia historia de fútbol desarticulado y esperanzas intermitentes, el duelo ofrece una lección que trasciende el resultado: cuando el individuo se convierte en única respuesta, la pregunta colectiva sigue sin formularse. Y sin pregunta, mutatis mutandis, no hay democracia posible ni en el estadio ni fuera de él.