La posición de Kaja Kallas, alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, cierra un debate que llevaba meses abierto en Bruselas: la UE no será mediadora neutral entre Moscú y Kiev. La declaración, tras la reunión informal de ministros de Exteriores en Chipre, tiene implicaciones que trascienden el teatro europeo y tocan directamente cómo se resuelven conflictos regionales cuando hay potencias externas involucradas.
El dilema de la mediación en conflictos asimétricos
Kallas fue explícita: Bruselas puede apoyar a Ucrania en negociaciones, pero no puede pretender equidistancia con un régimen que viola el derecho internacional. La lógica es clara desde una perspectiva institucionalista: no hay mediación legítima cuando una de las partes es el agresor declarado. Pero la decisión también refleja un cálculo político más profundo.
Durante años, algunos gobiernos europeos —particularmente Francia— exploraron la idea de mantener canales diplomáticos con el Kremlin, asumiendo que la mediación requería cierta neutralidad aparente. Kallas descarta eso. La UE, dice, está “del lado de Ucrania”. Es una declaración de parte, no de árbitro. Eso tiene consecuencias.
Qué significa para la región andina
Colombia debería prestar atención a este precedente. La región enfrenta dilemas similares, aunque en escala diferente. Cuando hay conflictos internos con actores que violan derechos humanos —paramilitarismo, narcotráfico, grupos armados ilegales—, ¿puede un tercero ser verdaderamente neutral? ¿Debe serlo?
El gobierno actual ha intentado mantener una postura de “no intervención” en asuntos de otros países, incluso cuando esos países son gobernados por regímenes que reprimen derechos civiles. La posición de Kallas sugiere que esa neutralidad es, en realidad, una elección política con consecuencias. Elegir no tomar partido es, también, tomar partido.
En el caso de Venezuela, por ejemplo, Colombia ha buscado evitar ser percibida como interventora, aunque el colapso institucional y la migración forzada generan efectos directos en territorio colombiano. La decisión de Bruselas de abandonar la pretensión de mediación neutral con Rusia abre una pregunta incómoda: ¿hasta cuándo puede un país ser “neutral” frente a violaciones sistemáticas de derechos, cuando esas violaciones generan externalidades que lo afectan directamente?
El costo de la ausencia de mediadores
Paradójicamente, el rechazo de Bruselas a ser mediadora podría prolongar el conflicto. Si ningún actor externo legítimo se ofrece a facilitar negociaciones, los combatientes tienen menos incentivos para buscar salidas diplomáticas. La UE apoyará a Ucrania militarmente, diplomáticamente, con sanciones a Rusia. Pero sin mediación, el conflicto se resuelve solo en el campo de batalla.
Esto es relevante para Colombia porque replica un patrón: cuando los mediadores se retiran, los conflictos se enquistan. La experiencia con el proceso de paz con las FARC mostró que la presencia de países garantes (Cuba, Noruega) fue central para mantener la mesa abierta. Sin esos actores, el acuerdo no habría llegado.
La lógica atlantista tras la decisión
La posición de Kallas también refleja un giro atlantista más amplio. Bruselas reconoce que su seguridad está ligada a la OTAN y a Washington, no a una equidistancia con Moscú. Es una reafirmación del orden liberal occidental tras años de ambigüedad.
Para Colombia, esto significa que el eje Bogotá–Washington–Bruselas sigue siendo la brújula geopolítica relevante. Los gobiernos que buscan mantener relaciones con regímenes autoritarios mientras pretenden neutralidad frente a violaciones de derechos encuentran cada vez menos espacio en esa lógica. La UE lo acaba de dejar claro.
El precio de la claridad
La decisión de Kallas tiene un costo: abandona la pretensión de universalidad que caracterizaba la diplomacia europea tradicional. Pero gana claridad. Y en conflictos asimétricos, donde hay un agresor y un agredido, la claridad es más honesta que la falsa equidistancia.
Colombia debería reflexionar sobre esto mientras navega sus propias alianzas regionales. La neutralidad tiene un precio: la irrelevancia. Y la irrelevancia, en geopolítica, es un lujo que pocos países pueden permitirse.