Un vehículo varado en una de las arterias principales de Bogotá generó congestión vehicular de gran magnitud durante la mañana del lunes. Miles de commuters quedaron atrapados en el tráfico, con retrasos que se extendieron por horas.
La situación se repite cada vez que un incidente puntual toca las vías de la capital. Un automóvil fuera de servicio en el lugar equivocado es suficiente para desarticular la movilidad de una ciudad que ya funciona con márgenes de resiliencia muy estrechos. Las grúas de emergencia tardaron en llegar, y mientras tanto, la congestión se propagó en cascada por las vías alternas.
Lo que en cualquier ciudad con infraestructura redundante sería un inconveniente de 20 minutos aquí se convierte en crisis de dos o tres horas. Bogotá tiene un problema estructural: depende de muy pocas rutas para concentrar el flujo, y cualquier bloqueo genera parálisis. No es un problema de conductores impacientes ni de semáforos mal programados. Es un problema de ciudad que creció sin planeación de capacidad vial.
Para quien no sigue estos temas: esto ocurre regularmente. Un varado, un accidente, un bache que daña un eje delantero, y la ciudad se detiene. Las autoridades de movilidad conocen el problema. Las soluciones requieren inversión en infraestructura y ciclos políticos que van más allá de un gobierno. Mientras tanto, los bogotanos llegan tarde al trabajo, pierden dinero en gasolina y ven erosionarse su paciencia.