¿Qué significa para una selección nacional llegar a un octavo de final de Copa del Mundo con la obligación de hacer historia, no de repetirla? Colombia se mide esta noche a Suiza en Vancouver con una nómina que anuncia continuidad y, al mismo tiempo, una renuncia forzada: la de Jhon Córdoba, ausente por lesión, y la confianza intacta en James Rodríguez como eje de juego. La pregunta no es solo quién juega, sino qué apuesta institucional —en el sentido más republicano del término, res publica— encarna este once sobre el césped de una nación que espera su segundo cuarto de final en la historia de los mundiales.
La formación revelada por la Federación Colombiana de Fútbol —Camilo Vargas; Johan Mojica, Dávinson Sánchez, Jhon Lucumí, Daniel Muñoz; Jefferson Lerma, Gustavo Puerta, James Rodríguez; Luis Díaz, Jhon Arias, Luis Javier Suárez— no es una alineación neutral. Es una declaración de principios tácticos. Néstor Lorenzo apuesta por la solidez defensiva de una línea de cuatro con experiencia europea, por el control del mediocampo con Lerma como contención de oficio, y por la creatividad de James, quien a sus 34 años asume la carga de un país que todavía identifica en él algo que no ha logrado institucionalizar: la capacidad de transformar un partido en un acto de imaginación colectiva.
Pero hay aquí algo más que fútbol. Tocqueville observó en la democracia estadounidense una tendencia al individualismo que debilitaba los vínculos cívicos. En el deporte nacional, la versión inversa es tal vez más peligrosa: la dependencia de un individuo —o de una generación— para sustituir lo que debería ser una estructura. Colombia no ha producido un sistema formativo que garantice relevos; ha producido talentos extraordinarios en contextos precarios. James, Luis Díaz, los mismos defensas que hoy juegan en Europa, son excepciones que confirman una regla de desigualdad institucional. El once de esta noche, por eso, es también un espejo de nuestras contradicciones nacionales: brillamos en lo individual, titubeamos en lo colectivo.
Suiza, rival de esta noche, representa el modelo opuesto. Sin figuras planetarias, con un juego de circuitos cortos y disciplina táctica que recuerda a Popper en su defensa de la sociedad abierta: no se requiere un genio, sino una estructura que permita la corrección de errores en tiempo real. Los goles de Ndoye y Embolo contra Argelia no nacieron de la inspiración divina, sino de una máquina ensamblada para funcionar incluso cuando faltan piezas. Colombia, en cambio, necesita que James tenga una noche de esas que ya no son frecuentes, que Luis Díaz desborde con la regularidad que exige la élite, que Jhon Arias —autor del gol contra Ghana— repita la hazaña en un escenario de mayor presión.
La presión, precisamente, merece una reflexión. Hannah Arendt distinguía entre el poder, que emerge de la acción conjunta, y la violencia, que es instrumental y destructiva. En el fútbol, la presión mediática y popular sobre una selección puede operar como violencia simbólica: no golpea, pero paraliza. Los jugadores de esta noche lo saben. El país entero ha convertido un octavo de final en una prueba de identidad nacional, como si la dignidad de Colombia dependiera de clasificar a cuartos. Esa carga no es justa, pero es real. Y el once titular, con sus nombres y sus ausencias, la porta sobre los hombros.
Hay, sin embargo, un reconocimiento que debe hacerse sin reservas. La clasificación a octavos, la eliminación de Ghana con un gol de Arias, la marca histórica de la que habló Caracol Radio —ser la única selección con cierta característica en esta fase—, son méritos que no se improvisan. Néstor Lorenzo ha construido un equipo con identidad, algo que no siempre ha sido evidente en ciclos anteriores. Si el resultado de esta noche es adverso, no debería borrar eso. Pero en el deporte de alto rendimiento, como en la política, la memoria es selectiva y cruel: se recuerda más quién perdió el último partido que quién construyó el camino para llegar a él.
El ganador de esta noche se medirá a Argentina, que remontó agónicamente a Egipto con un 3-2 que ya circula como metáfora de la resistencia albiceleste. Ese posible cruce —Colombia-Argentina en cuartos de final— sería, mutatis mutandis, una réplica de tensiones históricas que trascienden el fútbol. Pero primero hay una Suiza que no se regala, un Vancouver que no conocemos, una noche que exige de este once algo más que nombres conocidos: exige que el conjunto sea más que la suma de sus partes, que es precisamente lo que la nación, en otros ámbitos, aún no ha logrado aprender.