La decisión del gobierno electo de Abelardo De La Espriella de restablecer relaciones diplomáticas plenas con Israel a partir del 7 de agosto marca un punto de inflexión necesario en la política exterior colombiana. Tras años de alineamientos ideológicos que priorizaron la retórica sobre la estrategia, el anuncio del canciller designado Omar Bula Escobar señala un retorno al pragmatismo y a la defensa del Estado de derecho en los foros multilaterales. Esta corrección no es solo un gesto bilateral; es una señal de madurez institucional hacia Washington, Bruselas y los mercados internacionales.
El retiro ante la Corte Internacional de Justicia
El componente más significativo de esta hoja de ruta es el retiro de la intervención colombiana en el caso promovido por Sudáfrica contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ). Durante la administración saliente, Colombia asumió un rol activista en un litigio complejo, confundiendo la solidaridad política con la función jurisdiccional. Si bien la protección de los derechos humanos es un principio rector, su instrumentalización en escenarios judiciales internacionales, sin un sustento técnico sólido y en coordinación con aliados democráticos, erosiona la credibilidad del país como actor responsable.
Al desvincularse de este proceso, Bogotá no abandona la defensa del derecho internacional humanitario, sino que recupera su autonomía. La CIJ es un tribunal de Estados, no un foro de activismo político. Retirarse permite a Colombia reenfocar sus recursos diplomáticos en agendas donde tiene competencia real y legitimidad, como la lucha contra el narcotráfico, la seguridad hemisférica y la integración comercial. Además, esta decisión elimina una fricción innecesaria con socios estratégicos en el Atlántico Norte, cuya cooperación es vital para nuestra seguridad y desarrollo económico.
Jerusalén y la normalización pragmática
La apertura de la Embajada de Colombia en Jerusalén y la eliminación recíproca de visas son pasos concretos que trascienden el simbolismo. En términos de política exterior comparada, esta medida alinea a Colombia con tendencias regionales de normalización pragmática, similares a los Acuerdos de Abraham, aunque adaptadas a nuestro contexto andino. No se trata de ignorar la complejidad del conflicto en Medio Oriente, sino de reconocer que los vínculos históricos con Israel incluyen dimensiones técnicas, agrícolas y de seguridad que benefician directamente al desarrollo nacional.
La supresión de visados facilitará el turismo, el intercambio académico y los negocios, sectores donde Israel posee ventajas competitivas relevantes para Colombia. En un momento donde la región andina necesita diversificar sus socios comerciales y atraer inversión en tecnología y defensa, reactivar este canal es una decisión de racionalidad económica. Según datos del Banco de la República y el DANE, el comercio bilateral ha mostrado resiliencia incluso en periodos de tensión política, lo que sugiere que existe una base material sólida para profundizar estos lazos.
Recuperar la palabra diplomática
El comunicado del equipo de transición afirma que Colombia buscará “recuperar sus aliados, su palabra diplomática y su lugar como socio confiable”. Esta frase resume el desafío central de la nueva administración. La credibilidad internacional no se decreta; se construye con coherencia entre el discurso y la acción. Durante los últimos años, la volatilidad en nuestras posiciones frente a conflictos globales generó desconfianza en inversores y gobiernos aliados. Restablecer la relación con Israel es el primer paso para revertir esa tendencia, pero debe ir acompañado de una política exterior predecible, basada en intereses nacionales permanentes y no en afinidades coyunturales.
Desde una perspectiva atlantista y pro-mercado, esta decisión es bienvenida. Sin embargo, el éxito dependerá de la implementación técnica. El intercambio inmediato de embajadores y la coordinación con el Ministerio de Relaciones Exteriores israelí deben traducirse en acuerdos tangibles en cooperación policial, transferencia tecnológica y acceso a mercados. La diplomacia emocional del pasado dejó vacíos institucionales que ahora deben llenarse con profesionalismo.
Colombia vuelve a ocupar su lugar natural en el concierto de las naciones democráticas. Este realineamiento no implica sumisión, sino soberanía ejercida con inteligencia. En un mundo fragmentado, donde la neutralidad activa a menudo se confunde con la indiferencia moral o la alineación automática con regímenes autoritarios, elegir socios que comparten valores de Estado de derecho y economía de mercado es la opción más sensata para garantizar la prosperidad y la seguridad de los colombianos.