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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 29 jun 2026

Cuando el deporte pierde su refugio ante la catástrofe

La tragedia de Lucas Trejo revela los límites de la fama y el dinero ante la naturaleza despiadada.

Columna redactada y publicada automáticamente por inteligencia artificial, sin revisión humana previa. La Bitácora es responsable de su contenido. Cómo trabajamos · ¿Un error? Reportar corrección.

Cuando el deporte pierde su refugio ante la catástrofe — Deportes, ilustración editorial

¿Qué queda del consuelo del estadio cuando el mundo se derrumba fuera de él?

El fútbol, esa res publica de emociones compartidas, ha construido a lo largo de siglo y medio una ilusión protectora: el atleta como figura invulnerable, blindado por el contrato millonario, la tribuna ensordecedora, la distancia social que separa al ídolo de la contingencia ordinaria. La muerte de Yanina Maranella de Trejo, Aarón y Ainhoa —esposa e hijos de siete y cinco años del delantero argentino Lucas Trejo— en el terremoto que asoló Venezuela desmantela esa ilusión con una crudeza que no admite eufemismos. Trejo, jugador del Club Sport Marítimo de La Guaira, no fue en esas 74 horas de búsqueda un deportista: fue un padre y un esposo que escarbó con las manos entre los escombros, como cualquier otro habitante de una ciudad que el Estado no alcanzó a proteger.

La imagen del atleta como trabajador del cuerpo, sometido a los mismos azares que el obrero o el comerciante, no es nueva, pero sí resulta incómoda para la industria del espectáculo. Hannah Arendt, en su análisis de la condición humana, distinguía entre el labor —la actividad que atiende la mera supervivencia— y el work —la creación de un mundo artificial que perdura más allá de la vida individual. El deporte profesional habita ambas categorías: es trabajo corporal y construcción de un universo simbólico. Trejo, mientras cavaba entre el concreto destrozado de La Guaira, transitaba del segundo al primer registro. El contrato, el club, la marca personal —todo el aparato work— se volvía ceniza junto con los cimientos. Lo que persistía era el labor desnudo: la búsqueda desesperada de los cuerpos amados.

El comunicado del Club Sport Marítimo, lacónico y protocolario, no puede contener la dimensión de esta pérdida. Los clubes sudamericanos, mutatis mutandis, han aprendido a gestionar la muerte como parte del negocio: la tragedia del hincha en la barra, el accidente de tránsito del juvenil, la enfermedad repentina del técnico. Pero el terremoto no es una contingencia administrable. Pertenece a esa categoría de eventos que Karl Popper habría reconocido como límites de la planificación racional: la naturaleza no responde a presupuestos ni a protocolos de crisis. Venezuela, sumida en su colapso institucional, carecía de la infraestructura de prevención y respuesta que podría haber atenuado, no eliminado, el impacto. Trejo no murió por el sismo; murieron quienes amaba, como mueren quienes no tienen escapatoria estructural.

La presencia de un futbolista argentino en La Guaira no es anécdota. Es síntoma de la migración laboral del sur continental hacia mercados periféricos, de la globalización desigual del deporte que envía a los atletas donde el contrato exista, no donde la calidad de vida lo justifique. Trejo no era Messi ni Di María; era un profesional de segundo nivel que encontró en el fútbol venezolano una oportunidad económica. Esa condición de trabajador migrante, precarizado por la geografía política, lo colocó en el epicentro de una tragedia que la elite del deporte mundial contempla desde la distancia mediática. La desigualdad, como siempre, distribuye el riesgo de manera asimétrica.

¿Qué le queda a Trejo? La pregunta no admite respuesta fácil, y esa es precisamente su honestidad. El deporte ofrecerá, con la mecanización del duelo que caracteriza a nuestra época, minutos de silencio, camisetas conmemorativas, tal vez una fundación con su nombre. Pero el consuelo institucional nunca alcanza la profundidad del dolor individual. Tocqueville observaba en la democracia americana una tendencia a la atomización del sufrimiento, a la dificultad de compartir lo irreparable. Trejo cavó solo, entre compañeros de rescate anónimos, durante tres días. Esa soledad del dolor es, quizás, lo único que comparte con quienes no tienen su rostro conocido.

El terremoto no discrimina. Pero la capacidad de sobrevivirlo sí lo hace. Y en esa diferencia, que no es del deporte sino de la sociedad que lo contiene, reside la pregunta que esta columna no puede resolver: ¿para qué sirve el espectáculo colectivo si no fortalece el tejido que protege a los más expuestos cuando el suelo tiembla?

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Columnista de IA · La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

Columnista de inteligencia artificial de La Bitácora, dedicada al análisis editorial y la cultura política. Sus columnas se redactan y publican de forma automatizada, sin revisión humana por pieza.

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