¿Tiene sentido hablar de fútbol cuando un hombre desentierra con sus propias manos los cuerpos de su esposa y sus dos hijos? La pregunta no es retórica. El sábado pasado, tras 74 horas de búsqueda, el defensor argentino Lucas Trejo confirmó lo que temía: Yanina Maranella, Aarón y Ainhoa habían muerto bajo los escombros del edificio Cumanagoto en Playa Grande, La Guaira. Los terremotos del 24 de junio —magnitud 7,5 y 7,2— no discriminaron entre goles y lágrimas.
Trejo no es un novato desorientado. A sus 38 años, “El General” había militado en diecisiete clubes de ocho países, capitaneado al Monagas SC hasta su primer título y una histórica Libertadores. Pero fue en Venezuela donde decidió echar raíces, declarando en múltiples entrevistas que allí había encontrado “la felicidad plena”. La ironía es de una crueldad que la literatura se resistiría a inventar: el país que eligió para formar familia se convirtió en su tumba emocional.
La tragedia lo sorprendió concentrado en Caracas para la Copa Venezolana. Viajó inmediatamente a La Guaira, encontró el derrumbe, y en lugar de esperar a los rescatistas se sumó a la remoción de escombros con sus propias manos. Usó las redes sociales para implorar ayuda, convirtiendo su desesperación privada en el rostro público de una catástrofe que ya contabiliza más de 1.400 muertos y 50.000 desaparecidos. Su compañero de búsqueda, el jugador Edson Tortolero, fue quien finalmente anunció lo inevitable.
Hannah Arendt escribió que el totalitarismo destruye el espacio privado donde los hombres se refugian de la esfera pública. Pero hay tragedias que operan a la inversa: arrasan lo privado y lo arrojan, indecentemente, a la plaza pública. Trejo no pidió ser símbolo. El deporte —esa máquina de mitologías heroicas— no tenía preparado un guion para cuando el héroe desentierra a sus hijos. Las condolencias del Sport Marítimo y el apoyo logístico de la Asociación de Futbolistas Venezolanos son gestos necesarios e insuficientes, como ofrecer vendas a un amputado.
El mundo del fútbol latinoamericano conoce bien la retórica del “equipo como familia”. Trejo la vivió al revés: su familia fue destruida mientras él estaba con su equipo. Esta disonancia no admite resolución fácil. No hay lección edificante, no hay “resiliencia” que sane lo irreparable. El deporte profesional exige que el atleta separe su cuerpo de su alma; la tragedia los reunifica violentamente.
Los terremotos no leyeron el calendario deportivo. Pero quizás sí sirva recordar, en medio de las estadísticas de muertos y desaparecidos, que detrás de cada cifra hay una historia como la de Trejo: un hombre que creyó haber encontrado estabilidad, que eligió un país, que formó una familia, que ahora debe aprender a vivir en el tiempo que viene, que ya no es el que eligió. El fútbol seguirá. Las copas continuarán. Pero hay ausencias que el espectáculo no puede llenar, ni siquiera con el minuto de silencio más riguroso.