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Cultura política · Análisis · 13 may 2026

Cuando el duelo se convierte en campaña: límites borrosos en San Carlos

El funeral de Vargas Lleras expuso una tensión irresuelta: ¿dónde termina el homenaje institucional y dónde comienza la plataforma electoral?

Cuando el duelo se convierte en campaña: límites borrosos en San Carlos — Cultura política, ilustración editorial

¿En qué momento preciso el dolor privado se convierte en argumento público? La pregunta no es nueva, pero adquirió renovada urgencia este lunes durante la despedida de Germán Vargas Lleras en el Palacio de San Carlos. Lo que comenzó como un homenaje de Estado —protocolario, solemne, con todos los honores que corresponden a un exvicepresidente— derivó en un acto con evidentes matices electorales. Según reportó Publimetro, Clemencia Vargas, hija del dirigente fallecido, transitó sin pausas del agradecimiento institucional a la arenga política, cerrando su intervención con un llamado explícito: “Ese es el gran legado que hoy creo que le debemos dejar a Colombia: recuperar el rumbo y no entregarle este país a Cepeda y sus secuaces”.

No se trata aquí de cuestionar el derecho al duelo ni la legitimidad del dolor familiar. Tampoco de negar que Vargas Lleras fue, efectivamente, un ejecutor eficaz —las carreteras y viviendas que mencionó su hija existen, están documentadas, forman parte de un legado verificable—. El problema es otro, y es sistémico: cuando los funerales de Estado se convierten en plataformas para consignas electorales, estamos ante un síntoma de algo que excede la coyuntura. Lo que se revela es la incapacidad creciente, no solo de una familia sino de nuestra cultura política en general, para separar lo público de lo partidario, lo institucional de lo instrumental.

La tradición republicana —esa que tanto invocaba el propio Vargas Lleras en vida— establece una distinción clara entre el honor debido a quien sirvió al Estado y la contienda por el poder. Los funerales de Estado existen precisamente para marcar esa frontera: reconocen la función pública ejercida, no el proyecto político que se intentó construir. Cuando esa línea se difumina, cuando el protocolo se convierte en tribuna electoral, lo que se pierde no es solo el decoro —categoría resbaladiza, a menudo conservadora—, sino algo más sustancial: la posibilidad misma de un espacio común donde adversarios políticos puedan coincidir sin convertir cada encuentro en batalla.

Lo notable es que el propio desfile de asistentes al velorio demostraba que ese espacio aún existe, aunque frágil. Según las crónicas periodísticas, por la capilla ardiente pasaron Juan Manuel Santos y Ernesto Samper, Iván Duque y Francia Márquez, incluso Álvaro Uribe Vélez, quien mantuvo con Vargas Lleras disputas públicas ásperas y prolongadas. Esa diversidad de presencias sugería la posibilidad de un mínimo común denominador institucional: el respeto por quien ocupó cargos de Estado, independientemente de las diferencias ideológicas. Pero el uso del micrófono para trazar, en palabras de Publimetro, “una línea discursiva enfocada en las próximas disputas por el poder” tensionó precisamente esa posibilidad. ¿Puede un homenaje institucional coexistir con un llamado explícito a la movilización electoral?

Hay, desde luego, una lectura comprensiva de lo ocurrido. Quien habló lo hizo desde el dolor, desde la convicción de que su padre no recibió en vida el reconocimiento que merecía, desde la frustración de verlo derrotado en las urnas. Todo eso es humano, entendible, respetable. Pero la política democrática no se construye solo con convicciones sinceras ni con dolores legítimos. Se construye también —quizá sobre todo— con contenciones, con la capacidad de distinguir cuándo hablar y cuándo callar, cuándo el micrófono debe servir para la memoria y cuándo debe guardarse para la disputa.

Lo que quedó expuesto en San Carlos no es solo una decisión familiar discutible, sino un síntoma del deterioro más amplio de nuestros rituales políticos. Cuando todo es campaña —incluso un funeral—, cuando no existe ocasión que no pueda convertirse en tribuna, cuando cada espacio institucional se transforma en campo de batalla electoral, estamos ante la disolución de los límites que hacen posible la convivencia democrática. No se trata de exigir neutralidad imposible ni de pedir que las familias renuncien a sus convicciones. Se trata de preguntarnos si queremos una política donde cada espacio, incluso el del luto, sea ocupado por la contienda electoral.

Vargas Lleras fue, en vida, un constructor de poder político. Su legado material es verificable: obras públicas, gestión eficaz, capacidad ejecutiva. Pero el uso de su funeral como bandera de guerra plantea una pregunta incómoda: ¿es esa realmente la mejor forma de honrar su memoria institucional? ¿O no sería más digno —para él, para la familia, para el país— permitir que el luto sea luto y la política sea política, cada cosa en su lugar, cada una con su tiempo? La respuesta a esa pregunta dirá mucho sobre el tipo de democracia que queremos construir.


Fuente: Publimetro

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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