Hay una pregunta que debería inquietar a cualquiera que crea en la prensa como institución: ¿qué ocurre con la deliberación pública cuando un medio abre sus páginas de opinión y el lector encuentra, en lugar de argumentos, el esqueleto de una página web? La columna Después de la polémica, publicada en la sección Pilocaturas de El Pilón de Valledupar, llega al lector despojada de su contenido: apenas quedan visibles los datos de contacto del periódico, sus redes sociales y el aviso de derechos reservados. El texto, aquello que justificaba el título, no está. Y esa ausencia, por accidental que sea, merece una reflexión que va más allá de la falla técnica de un sitio regional.
No se trata de señalar con el dedo a un diario del Cesar. Los medios regionales de Colombia hacen, con frecuencia heroica, el trabajo que los grandes medios nacionales no quieren o no pueden hacer: cubrir el concejo municipal, la contratación del hospital departamental, las disputas por el agua y la tierra que deciden la vida de millones de personas. Tocqueville observó hace casi dos siglos que la prensa local es el instrumento mediante el cual los ciudadanos de una democracia se reconocen como asociados, como copartícipes de una empresa común. Sin ese espejo cotidiano, la res publica se vuelve una abstracción que se administra desde la capital, y el ciudadano de provincia queda reducido a espectador de decisiones ajenas.
Pero precisamente porque esa función es insustituible, su deterioro debe nombrarse sin eufemismos. Cuando una columna de opinión se publica vacía, o inaccesible, o truncada, el daño no es solo del medio que la aloja. El daño es del espacio público entero, que pierde una pieza de deliberación en un momento en que la deliberación escasea. Vivimos una época en la que la conversación política colombiana se ha desplazado hacia las redes sociales, ese ágora sin moderación donde el insulto rinde más que el argumento y donde la verificación es un estorbo para la velocidad. Los periódicos, incluidos los pequeños, son de los pocos lugares donde todavía existe la figura del editor, esa instancia incómoda que pregunta antes de publicar: ¿esto es cierto?, ¿esto es justo?, ¿esto aporta?
La ironía es evidente y no por ello menos dolorosa. El Pilón anuncia en su propia página su presencia en TikTok, en X, en todas las plataformas que compiten por la atención del lector con la promesa de inmediatez. Y sin embargo es en su propia casa, en la sección de opinión que debería ser su vitrina intelectual, donde el contenido se extravía. Es una parábola pequeña de una tentación grande: la de los medios que invierten energía en estar en todas partes y descuidan el oficio elemental de publicar bien, completo, verificable. La distribución sin contenido es como una imprenta que produce páginas en blanco con gran eficiencia logística.
Conviene ser justos. No sabemos si la columna original de Después de la polémica era buena o mala, si defendía una causa noble o una mezquina. Su título sugiere una reflexión posterior a alguna controversia local, de esas que agitan durante una semana las conversaciones de Valledupar y luego se archivan. Reconocer esa incertidumbre es parte del oficio: no se puede evaluar lo que no se puede leer. Pero esa misma imposibilidad ilustra el punto. La opinión pública de una región no puede depender de textos que se evaporan. La memoria cívica necesita archivo, y el archivo necesita medios que lo cuiden como se cuida un registro notarial.
Hay, además, una responsabilidad que trasciende al medio individual. Los colombianos debemos preguntarnos qué modelo de ecosistema informativo estamos construyendo cuando la prensa regional sobrevive entre la precariedad económica y la migración forzada a plataformas que no pagan por el contenido que consumen. Un país que aspira a la descentralización efectiva necesita, mutatis mutandis, una prensa descentralizada y solvente. No se puede pedir a los ciudadanos del Cesar, de Chocó o de Putumayo que ejerzan control político sobre sus gobernantes si los medios que deberían darles herramientas para hacerlo publican columnas que no se pueden leer.
El editor que deja pasar una página vacía quizás no comete un pecado grave. Pero acumuladas, esas pequeñas renuncias al rigor van horadando la confianza que sostiene el oficio. Y cuando la confianza se agota, no regresa con una disculpa ni con una nueva cuenta de TikTok. La pregunta que queda, entonces, no es solo para El Pilón sino para todos los que creemos que el periodismo regional es una pieza del Estado de derecho: ¿estamos dispuestos a sostener, con lectura y con recursos, los espacios donde la polémica local puede convertirse en deliberación, o vamos a resignarnos a que después de la polémica no quede nada que leer?