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Cultura política · Análisis · 16 may 2026

Cuando el periodismo olvida para qué existe

La prensa no es neutral, pero tampoco puede ser trinchera. Una reflexión sobre el oficio en tiempos de polarización.

Cuando el periodismo olvida para qué existe — Cultura política, ilustración editorial

Hay una frase que circula en las redacciones colombianas desde hace años, repetida con fervor casi litúrgico: el periodismo es el contrapoder, la salvaguarda de la democracia, el cuarto —o quinto, según quién cuente— poder del Estado. Es una frase hermosa. También es peligrosa cuando se convierte en coartada.

La columna reciente de Santiago Ángel Rodríguez en La República plantea una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando el periodismo deja de ser contrapeso y se vuelve patineta del poder? La imagen es brutal, pero precisa. En los últimos años hemos visto medios que funcionan como voceros oficiales, columnistas que repiten consignas sin matiz, entrevistas que son más bien ceremonias de legitimación. Y no hablo solo del gobierno actual: esto viene de antes, mucho antes.

La polarización política ha arrastrado al periodismo a un lugar donde muchos profesionales ya no distinguen entre informar y militar. La confrontación entre quienes “fueron y vinieron” —como dice Ángel Rodríguez— ha vuelto difuso el papel de todos. Algunos medios se alinearon con Uribe, otros con Santos, otros con Petro. Cada vez que cambia el inquilino de la Casa de Nariño, cambian también las lealtades editoriales. Y el lector, ese ciudadano que necesita información para decidir, queda en medio de un fuego cruzado donde ya no sabe a quién creerle.

No se trata de exigir una neutralidad imposible. Los periodistas tenemos ideología, sesgos, preferencias. Eso es inevitable y, hasta cierto punto, saludable: una prensa sin convicciones es una prensa sin columna vertebral. Pero hay una diferencia enorme entre tener punto de vista y convertirse en aparato de propaganda. La primera posición es compatible con el rigor; la segunda, no.

El problema de fondo es que el periodismo colombiano ha perdido credibilidad porque muchos de sus practicantes han olvidado que su lealtad no es con el gobierno de turno ni con la oposición, sino con los hechos y con el ciudadano. Cuando un medio celebra acríticamente cada anuncio oficial, o cuando otro convierte cada tropiezo gubernamental en apocalipsis, ambos están traicionando su función. No importa si lo hacen desde la derecha o desde la izquierda: el resultado es el mismo.

Hay una tradición en el periodismo liberal que vale la pena recuperar. Es la que defendieron figuras como Luis Carlos Galán o Albert Camus cuando dirigía Combat en la Francia de posguerra: una prensa comprometida con la verdad, no con el poder; una prensa que puede tener posición editorial clara pero que no sacrifica los hechos en el altar de la conveniencia. Esa tradición exige algo difícil: criticar a los propios cuando se equivocan, reconocer aciertos en el adversario, resistir la tentación del panfleto.

La campaña por la reflexión que propone Ángel Rodríguez no es un llamado a la autocensura ni al falso equilibrio. Es una invitación a recuperar el oficio: verificar antes de publicar, contrastar fuentes, distinguir entre opinión y hecho, no confundir titular impactante con manipulación. Es volver a preguntarse cada mañana: ¿a quién sirvo con lo que escribo? Si la respuesta es “al gobierno” o “a la oposición”, algo anda mal. La respuesta correcta es: al lector, al ciudadano, a la república.

El periodismo no puede ser patineta de nadie. Pero tampoco puede ser tribuna de denuncia sin sustento, ni megáfono de indignación permanente. Tiene que ser, ante todo, un ejercicio de honestidad intelectual. Y eso, en tiempos de polarización extrema, es lo más difícil de todo.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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