¿Hasta dónde puede extenderse un encuentro de fútbol antes de que deje de ser el mismo juego? La pregunta, que parece pertenecer a la metafísica del deporte más que a su reglamento, cobró forma concreta en Santa Clara: diez minutos de reposición llevaron a Marko Arnautović al punto penal para sentenciar un 3-1 que, a los 90 regulares, aún no existía.
El triunfo de Austria sobre Jordania en el Levi’s Stadium no fue, en su desarrollo, el guion que el ranking FIFA habría anticipado. Romano Schmid abrió el marcador con un disparo de mérito indiscutible, pero el empate de Al Olwan al minuto cincuenta instaló una paridad que duró más de lo que los austriacos pudieron soportar sin ansiedad. Durante veintiséis minutos, el partido fue un testimonio de la fragilidad de las expectativas: un equipo europeo, con tradición y presupuesto, resistiendo el asedio de la incertidumbre frente a una selección asiática que había venido a jugar, no a cumplir el protocolo.
Aquí entra en juego una reflexión que trasciende el análisis táctico. El fútbol contemporáneo ha introducido una noción de tiempo que Tocqueville habría reconocido como propia de las democracias modernas: la pretensión de medirlo todo con precisión extrema, como si la justicia del resultado dependiera de la exhaustividad del reloj. El VAR, las revisiones, las sustituciones prolongadas y las simulaciones atendidas han multiplicado los minutos añadidos hasta límites que hace una década habrían parecido absurdos. Diez minutos en el Austria-Jordania no son, en rigor, una anomalía; son la normalidad institucionalizada de un deporte que ya no confía en la sutileza del árbitro para compensar las interrupciones.
La ironía, como suele ocurrir, reside en que esta precisión busca la equidad y a menudo la socava. Jordania, que había logrado el equilibrio con esfuerzo disciplinado, vio cómo ese tiempo dilatado le otorgó a Austria una segunda oportunidad que el reglamento le garantiza pero el espíritu del juego no necesariamente justifica. Arnautović, veterano de treinta y siete años, no desperdició el obsequio: cabezazo al setenta y seis, penal al noventa y diez. El doblete del delantero, leído con frialdad, es también una medalla de la persistencia individual; leído en contexto, es el síntoma de una estructura competitiva donde los recursos técnicos y la experiencia encuentran en el tiempo extendido un aliado decisivo.
No se trata de lamentar a Jordania ni de desmerecer a Austria. Los austriacos hicieron lo que debían; los jordanos, probablemente, lo que pudieron. Se trata de preguntarse si el espectáculo que consumimos sigue siendo, mutatis mutandis, el mismo que inventaron los ingleses en los campos de Lancashire. Cuando un partido de grupo en una fase inicial del Mundial se resuelve en el décimo minuto de una reposición que nadie habría pronosticado, algo ha cambiado en el contrato tácito entre el juego y quienes lo observan.
Los colombianos debemos prestar atención a estas mutaciones con una curiosidad que no sea apenas futbolística. En nuestra tradición institucionalista, el procedimiento importa tanto como el resultado; la forma en que se alcanza una decisión, tanto como la decisión misma. El fútbol mundial, con sus reglas cada vez más intervencionistas, ofrece un espejo discretamente inquietante: cuando la técnica administrativa del tiempo se convierte en protagonista, el juego pierde algo de su naturaleza contingente, de esa belleza que nace precisamente de lo impredecible.
Austria suma tres puntos y respira. Jordania deberá recomponerse para enfrentar a rivales que no perdonarán la misma generosidad defensiva. El Grupo J, en su primera jornada, ya ha ofrecido más tensión de la que la prensa especializada anticipaba. Pero quienes observamos desde la tribuna —o desde la pantalla— nos llevamos una pregunta que perdurará más que cualquier tabla de posiciones: ¿qué resta del azar cuando el tiempo se vuelve administrable hasta el infinito?