¿De qué sirve dominar si no se traduce en resultado? La pregunta, formulada por generaciones de entrenadores desde el catenaccio italiano hasta el pressing alto de Klopp, encontró en el North Queensland Stadium una respuesta contundente. Australia, con menos de un tercio de la posesión y un solo disparo a puerta en cada gol, derrotó 2-0 a una Turquía que había llegado como favorita indiscutible del Grupo D.
El dato estadístico es elocuente: 72% de posesión para los turcos, más de 700 pases completados, treinta disparos en total. Según las cifras de Sofascore citadas por Caracol Radio, el equipo de Vincenzo Montella hizo todo lo que prescribe el manual moderno del fútbol. Y sin embargo, el arquero suplente Patrick Beach —un nombre que hasta ayer era anónimo para la mayoría de los seguidores del torneo— registró ocho paradas, la mayor cantidad hasta ahora en esta Copa del Mundo. El dominio sin eficacia terminó siendo, como advertía Tocqueville respecto de las democracías, una forma sofisticada de impotencia.
El primer gol, obra del joven Nestory Irankunda al minuto 27, encapsula la paradoja. La jugada nace de una volea errada de Arda Güler, la figura turca sobre la cual recaían las expectativas ofensivas de su selección. El contragolpe australiano, preciso y despiadado, no requirió más de tres toques para romper el orden defensivo. Es el tipo de transición que Popper habría reconocido como falsación práctica: un sistema de juego elaborado se desmorona ante una sola instancia de distracción. Güler, que tanto había prometido, terminó siendo el gestor involuntario de su propia derrota.
El segundo gol, al minuto 75, profundiza la lección. Aiden O’Neill Metcalfe no necesitó combinaciones elaboradas: robó en el mediocampo, encontró espacio, definió desde fuera del área. La acción individual, en un deporte colectivo, se impuso sobre la estructura colectiva que había fallado en ser efectiva. Montella, que había apostado por la progresión metódica, vio cómo la premura del resultado le exigía lo que su equipo no estaba preparado para producir: urgencia sin precisión, desesperación sin claridad.
No es esta una apología del antifútbol. Los australianos no se defendieron con once hombres atrás ni recurrieron a la violencia sistemática. Simplemente reconocieron, con la humildad que otorgan las condiciones desfavorables, que su camino hacia el triunfo pasaba por otro sendero. La eficacia como virtud cardinal, no como excusa para la mediocridad. Estados Unidos, que lidera el grupo por diferencia de gol, deberá tomar nota: en este torneo, la posesión garantiza respeto, no puntos.
La pregunta que queda flotando —y que Montella deberá responder antes del próximo partido— es si Turquía está preparada para el escrutinio que impone el fútbol de eliminación directa. En la fase de grupos, el dominio estéril se compensa con segundas oportunidades. En la instancia decisiva, como recordaba Arendt sobre las dictaduras, la apariencia de poder no sustituye al poder efectivo. Beach y sus ocho paradas lo saben. Güler, a sus veinte años, tal vez lo intuya.