¿Qué queda del deporte cuando el estadio deja de ser ágora para volverse arena de linchamiento? La final entre Atlético Nacional y Junior, disputada el 8 de junio en Medellín, no debería recordarse por el resultado en el marcador, sino por la pregunta que deja flotando en el aire de las tribunas: si los colombianos somos aún capaces de convivir en espacios públicos sin que la confrontación derive en barbarie.
Los hechos están documentados. Rinas entre hinchas del mismo equipo —agresiones con tubos de PVC entre seguidores de Nacional—, altercados entre parcialidades rivales, y el episodio más grave: el ataque a la cabina de transmisión de Win Sports que lesionó al comentarista Juan José Peláez. El secretario de Seguridad de Medellín, Manuel Villa, confirmó la captura del presunto responsable y aseguró que las heridas no revisten gravedad. Win Sports emitió un comunicado de rechazo categórico. Las autoridades prometen un balance oficial. El ritual de la consternación institucional se cumple, una vez más, con la puntualidad de quien ya conoce el guion.
Pero los rituales no resuelven el problema. No es la primera vez que el Atanasio Girardot registra disturbios de esta magnitud: en mayo, el partido entre Medellín y Flamengo ya había dejado diez detenidos y daños en la infraestructura. La repetición sugiere algo más inquietante que el desborde ocasional de pasiones futboleras. Sugiere una normalización de la violencia como forma de participación ciudadana, una confusión estructural entre adversario y enemigo que trasciende el ámbito deportivo.
Hannah Arendt, en su análisis de la sociedad de masas, advertía sobre la transformación de la pluralidad humana en mera multiplicidad de cuerpos indiferenciados, susceptibles de ser movilizados por pulsos que el espacio público no logra canalizar. El estadio, en su origen moderno, fue concebido como uno de esos espacios donde la pluralidad se expresaba sin destruirse: la competencia ritualizada, la adversidad sin aniquilación. Cuando esa arquitectura simbólica se resquebraja, cuando el hincha deja de ser espectador para convertirse en combatiente, lo que se desmorona no es solo una estructura de seguridad, sino una forma de civismo.
La pregunta incómoda es por qué la violencia encuentra en el fútbol un terreno tan fértil. No basta con la tautología de los “hinchas violentos”, como si la agresión fuera una esencia genética de quienes compran una boleta. Hay algo en la manera como organizamos lo público en Colombia —la precariedad de las garantías, la lentitud de la justicia, la tolerancia social con los que “se pasan de la raya”— que convierte al estadio en metáfora de una res publica donde la ley del más fuerte opera con impunidad parcial.
No estamos ante un problema de seguridad que más policías resuelvan, aunque más policías hagan falta. Estamos ante un problema de pedagogía cívica que el fútbol, con su capacidad de convocatoria masiva, debería contribuir a resolver y no a agravar. Cuando un periodista es agredido por el mero hecho de ejercer su oficio desde una cabina de transmisión, la agresión no es contra un individuo: es contra la función pública del testimonio, contra el principio de que los hechos pueden ser narrados, verificados, discutidos. Es, en el fondo, un ataque a la distancia crítica que el espacio público requiere para no asfixiarse.
El comunicado de Win Sports, el rechazo del secretario Villa, la promesa de un balance oficial: todo esto es necesario e insuficiente. Necesario porque la institucionalidad debe reaccionar con claridad. Insuficiente porque las reacciones puntuales no reparan el tejido social que produce estos estallidos con periodicidad predecible. Los colombianos debemos preguntarnos si queremos que nuestros escenarios deportivos sean, como dice el propio Villa, espacios de convivencia y respeto, o si seguiremos aceptando que sean, de facto, zonas de excepción donde la violencia se cobra impunidad proporcional al tamaño de la multitud.
El presunto responsable está a disposición de la Fiscalía. El periodista fue atendido. El partido terminó. Pero la pregunta permanece: si no aprendemos a perder en la tribuna, ¿cómo pretendemos construir una democracia donde la alternancia en el poder no se viva como derrota existencial? El fútbol, decía alguna vez Vargas Llosa, es una pasión que nos hace mejores cuando la sabemos contener. La contención, en Colombia, parece estar de licencia.