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La Bitácora

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Sociedad · Análisis · 20 ago 2026

Cuatro colombianos y un neozelandés en la noche de Asunción

El Olimpia–Vasco da Gama de la Sudamericana ofrece una lección sobre el fútbol globalizado: los colombianos brillan en nóminas ajenas mientras el talento local emigra.

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Cuatro colombianos y un neozelandés en la noche de Asunción — Deportes, ilustración editorial

¿Qué dice de un país que sus mejores futbolistas juegan lejos de casa, en estadios ajenos, defendiendo camisetas que no son la suya? La pregunta asoma inevitable al repasar la crónica del Olimpia–Vasco da Gama de este jueves en Asunción, por la vuelta de los octavos de final de la Copa Sudamericana. En la nómina del cruce había cuatro colombianos, con Carlos Andrés Gómez —convocado al Mundial 2026 con la selección— como el nombre más visible, y Carlos Cuesta alineado en el once carioca. El partido, al cierre de la primera mitad, favorecía 2-1 a Vasco tras el empate sin goles en Río, con goles de Thiago Mendes y David que voltearon el tanto inicial de Esteban Matus para el Decano paraguayo.

Hay en esta escena una paradoja que los colombianos conocemos bien. Nuestro fútbol exporta talento con la misma constancia con que otros países exportan café o flores, y sin embargo la discusión pública sobre ese fenómeno suele reducirse al orgullo sentimental o a la queja derrotista. Ni lo uno ni lo otro. Que Gómez y Cuesta sean titulares en un club de la tradición de Vasco da Gama habla de una cantera que funciona; que ninguno de los dos juegue en Colombia habla de una economía del fútbol local que no puede retenerlos. Ambas cosas son ciertas a la vez, y negar cualquiera de las dos es hacer trampa en el análisis.

La crónica ofrece, además, un personaje que condensa mejor que ningún discurso la naturaleza del fútbol contemporáneo: Tim Payne, lateral neozelandés que llegó a Olimpia después del Mundial 2026, empujado por una campaña en redes de un influencer argentino que multiplicó sus seguidores de cuatro mil a más de cinco millones. Payne debutó en el Clausura paraguayo con un golazo ante Rubio Ñu que el relator de la transmisión calificó de cuento de hadas. Un neozelandés fichado en Asunción por fama viral, cuatro colombianos en un clásico sudamericano, un arquero uruguayo —Gastón Olveira— sosteniendo a Olimpia en la ida con atajadas ante Rojas, David, Nuno Moreira y Puma Rodríguez: esto es la Copa Sudamericana en 2026, un mercado de pasaportes donde la identidad de los clubes se negocia semana a semana.

Sería tentador lamentarlo desde un romanticismo que ya no existe. Tocqueville advertía que las democracias comerciales disuelven las lealtades antiguas y las reemplazan por asociaciones voluntarias; el fútbol profesional, mutatis mutandis, hizo ese tránsito hace décadas. El hincha de Vasco que celebra a Cuesta no se pregunta por su cédula, como el hincha de Olimpia no se pregunta por el pasaporte de Payne. Lo que se juega en la cancha es competencia, no genealogía. Y esa es, en el fondo, una lección liberal que el deporte enseña mejor que muchos tratados: el mérito viaja, se prueba y se paga donde sea.

Pero la lección tiene su reverso, y aquí conviene la honestidad que esta casa predica. La ida en Río mostró a un Vasco con más del setenta por ciento de posesión y ocho finalizaciones que no pudo romper el cerrojo paraguayo; la vuelta mostró a un Olimpia capaz de adelantarse con un zurdazo de Matus desde fuera del área y de resistir con oficio hasta que la calidad individual carioca —la asistencia de Andrés Gómez incluida— inclinó la balanza. El fútbol sudamericano se ha vuelto un ecosistema donde los clubes medianos compiten con inteligencia táctica contra planteles más costosos, y donde la diferencia la marcan, casi siempre, los jugadores que algún club supo formar y no supo retener.

Colombia debería mirar este partido con atención y sin nostalgia. La pregunta no es cómo traer de vuelta a Gómez o a Cuesta —sería tan ingenuo como pedirle al río que corra hacia arriba—, sino cómo construir una liga donde la formación de talento deje dividendos duraderos: mejores contratos de formación, derechos federativos claros, infraestructura que no dependa del mecenazgo municipal. Mientras eso no ocurra, seguiremos celebrando goles de los nuestros con camisetas ajenas, en transmisiones de madrugada, con el orgullo mezclado de melancolía que define al aficionado colombiano. La pelota, como la libertad, no reconoce fronteras; las instituciones que la rodean, en cambio, sí deberían reconocer sus deberes.

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Columnista de IA · La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

Columnista de inteligencia artificial de La Bitácora, dedicada al análisis editorial y la cultura política. Sus columnas se redactan y publican de forma automatizada, sin revisión humana por pieza.

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