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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 12 jun 2026

Cuatro técnicos en dos años revelan una crisis que no es solo deportiva

Atlético Nacional despide a Diego Arias tras perder la final de la Liga BetPlay. La inestabilidad en el banquillo verde obliga a preguntarse si el problema está en los entrenadores o en quienes los

Cuatro técnicos en dos años revelan una crisis que no es solo deportiva — Deportes, ilustración editorial

¿Puede un club construir algo duradero cuando cambia de timonel cada ocho meses? La pregunta, que parece retórica, adquiere urgencia concreta en Atlético Nacional, donde la salida de Diego Arias este viernes 12 de junio completa un ciclo de cuatro entrenadores entre 2024 y 2026. Pablo Repetto, Efraín Juárez, Javier Gandolfi y ahora Arias: todos llegaron con expectativas, dos levantaron trofeos, ninguno superó el año de trabajo. La estadística, fría pero elocuente, sugiere que el diagnóstico habitual —“falló el técnico”— resulta cada vez más insuficiente.

El balance de Arias, leído con la parsimonia que amerita, no es de catástrofe deportiva. Cuarenta y siete partidos, treinta victorias, título de Copa Colombia 2025, subcampeonato de liga. El fracaso que selló su destino fue la final perdida ante Junior en el Atanasio Girardot, un golpe anímico indudable para una afición hambrienta de estabilidad. Pero aquí emerge la tensión central: ¿un subcampeonato con 55 puntos en liga justifica la ruptura, o revela una institución que confunde la urgencia de resultados con la paciencia de los procesos?

Tocqueville, en su análisis de las democracias jóvenes, advertía sobre el peligro de las mayorías impacientes que sacrifican el largo plazo en aras de satisfacciones inmediatas. El fenómeno no es exclusivo de la política. En el fútbol colombiano, y particularmente en los grandes clubes, la lógica del corto circuito se ha vuelto estructural: el presidente electo llega con promesas de gloria, designa un cuerpo técnico que comparta su visión, y cuando los resultados no acompañan en el plazo que la hinchada tolera, el técnico se convierte en fusible. La junta directiva sobrevive, el proyecto deportivo se reinicia, el ciclo se repite.

El caso de Nacional resulta paradigmático por su velocidad. Sebastián Arango asumió la presidencia en mayo de 2024 con un excelente arranque: Liga y Copa Colombia ese mismo año. Sin embargo, la gestión de sus entrenadores revela una inconsistencia que no puede atribuirse solo a circunstancias deportivas. Repetto fue despedido durante una práctica, en agosto de 2024, porque Arango y el director deportivo Gustavo Fermani querían “un proyecto diferente”. Juárez renunció en enero de 2025 tras choques sobre fichajes. Gandolfi cayó por la eliminación en Libertadores sumada a resultados irregulares. Arias, ahora, por la final perdida. En cada caso, la decisión parece racional aislada; en conjunto, dibuja una institución que no sostiene sus propias apuestas.

Hay algo más preocupante que la rotación misma: la naturaleza de las causas. Cuando un técnico cae por resultados deportivos, la explicación es lineal. Pero cuando cae por “choques con dirigentes”, por diferencias sobre fichajes, por una definición de “proyecto” que cambia según quien ocupe la presidencia, entonces el problema es de arquitectura institucional. El director técnico de un club grande no debería ser, en teoría, un empleado de confianza del presidente. Debería ser la pieza visible de un proyecto deportivo con continuidad, con criterios técnicos estables, con una línea de sucesión que no dependa de quién gane las elecciones de turno.

La ironía, claro está, es que Nacional no carece de recursos. Tiene, según la información disponible, una de las plantillas más costosas de la liga. Ganó títulos recientes. Pero como observaba Karl Popper sobre las sociedades que confunden la acumulación de riqueza con el fortalecimiento institucional, los activos materiales no garantizan la solidez del edificio. Un club puede tener buenos jugadores, buena infraestructura, afición numerosa, y aun así funcionar como una monarquía electiva donde cada nuevo soberano borra lo que el anterior trazó.

El comunicado de despedida de Arias, cortés hasta la distancia, agradece su “dedicación”, su “compromiso diario”, su liderazgo “desde el respeto y la cercanía”. Es el lenguaje institucional de quien reconoce que la separación no obedece a una falla de carácter sino a una ecuación de resultados que no cuadró. La institución, en su formalidad, deja entrever lo que no dice: que Arias no fue despedido por inepto, sino porque el sistema en el que ingresó no le concedió margen para sobrevivir a una derrota, por dolorosa que fuera.

Ahora Nacional busca su quinto entrenador en poco más de dos años. El objetivo declarado es defender el tricampeonato de Copa Colombia y recuperar la liga. Pero hay una pregunta que la junta directiva debería responderse antes de anunciar el nombre: ¿qué garantiza que el próximo timonel no termine como los cuatro anteriores? Sin una respuesta honesta, el ciclo continuará. Y los técnicos seguirán siendo, mutatis mutandis, los fusibles de una institución que no logra revisar su propio tablero eléctrico.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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