Juan Camilo Hernández, conocido como Cucho, confirmó su participación en el Mundial de 2026 después de una década recorriendo clubes del fútbol colombiano e internacional. Su trayectoria es la de un futbolista que apostó por el desarrollo local antes que por la prisa.
Debutó en 2015 a los 15 años con Deportivo Pereira en la categoría de ascenso. Un año después, a los 16, fue pieza clave en la campaña de los Matecaña que casi los lleva a la primera división. Esa visibilidad lo llevó a América de Cali, donde disputó temporadas en la élite colombiana. Desde entonces ha alternado entre equipos locales e internacionales, acumulando experiencia sin ser nunca la estrella mediática del fútbol nacional.
Lo interesante aquí no es solo que Cucho llegue al Mundial, sino que lo hace sin haber sido nunca un nombre que dominara los trending topics deportivos o las primeras planas de los deportes. No es Falcao. No es James. Es un caso de consistencia silenciosa: jugador que trabaja, rota de club en club, mejora su rendimiento y, cuando llega el momento clasificatorio, está ahí. Para quien no siguió el hilo: Colombia clasificó a Qatar 2022 de forma convulsa y ahora, para 2026, la selección está en reconstrucción bajo nueva dirección técnica. Cucho encaja en ese perfil de futbolista maduro, sin ego de galáctico, listo para aportar lo que le pidan.
Esto también cuenta una historia sobre el fútbol colombiano post-dorados. Los años de Ronaldinho, Falcao y James fueron de jugadores que saltaban directamente a las ligas europeas top. Cucho es de otra generación: la que se forja en Pereira, que va a Cali, que prueba en el exterior sin ser fichaje millonario, que regresa, que se adapta. Es menos glamoroso. Es probablemente más sostenible.