¿Qué sentido tiene que Curazao, una isla de ciento cincuenta mil habitantes, comparta cancha con Alemania, cuatro veces campeona del mundo, en la inauguración del Grupo E del Mundial de 2026? La pregunta no es retórica. Alimenta una tensión que atraviesa el fútbol contemporáneo: entre la retórica expansiva de la FIFA, que prometió democratizar el torneo con cuarenta y ocho selecciones, y la realidad de un deporte donde las desigualdades estructurales persisten con la obstinación de los hechos.
La lógica institucional del mundialismo contemporáneo —ese arte de gobernar mediante el espectáculo que Hannah Arendt habría reconocido sin dificultad— funciona con una promesa de inclusión que raramente se corresponde con las condiciones materiales de competencia. Curazao llega a Houston como primera de grupo en las eliminatorias de la CONCACAF, invicta, con Tahith Chong en sus filas y Dick Advocaat en el banquillo. Son méritos reales, no concesiones. Pero el ranking FIFA los sitúa en el puesto ochenta y dos, mientras Alemania ocupa el décimo. La diferencia no es numérica: es de infraestructura, de ligas profesionales, de exportación sistemática de talento a las cinco grandes ligas europeas. Mutatis mutandis, el torneo amplía plazas sin nivelar el terreno de juego.
Alemania, por su parte, llega con una carga distinta. La Mannschaft de Julian Nagelsmann necesita borrar dos fracasos mundialistas consecutivos —el ridículo de Rusia 2018 y el de Catar 2022— y sumar su quinta estrella para igualar a Brasil. La urgencia es histórica, no meramente deportiva. Manuel Neuer, único superviviente del título de 2014, regresó de un retiro anunciado para defender la portería. Jamal Musiala y Florian Wirtz representan una generación que debe reconciliar al público alemán con su selección. El contexto político del fútbol teutón no admite improvisación: cada derrota temprana se lee como síntoma de algo más amplio, una crisis de identidad que trasciende el verde.
El encuentro, sin embargo, no carece de dignidad para el lado débil. Curazao no es la primera selección menor que afronta un debut mundialista con la esperanza del milagro. El recuerdo de Trinidad y Tobago en 2006, de Islandia en 2018, alimenta una tradición que el fútbol necesita para mantener su narrativa de imprevisibilidad romántica. Pero esas excepciones confirman la regla: el sistema premia la consistencia institucional, no el heroísmo puntual. La Ola Azul tendrá que enfrentar a Ecuador y Costa de Marfil después de Alemania. El calendario no perdona.
Dick Advocaat, a punto de cumplir setenta y cinco años, encarna una paradoja. Es el técnico más veterano del torneo, regresó a la selección en mayo tras una breve renuncia en febrero, y representa una modalidad de gestión que privilegia la experiencia sobre la continuidad. Su presencia sugiere que Curazao comprende lo que está en juego: no solo un partido, sino la posibilidad de que ciento cincuenta mil habitantes vean representada su existencia política —la isla es país autónomo dentro del Reino de los Países Bajos— en el escenario máximo del deporte global. El fútbol, en ese sentido, cumple una función que Tocqueville habría asociado con las asociaciones civiles de la democracia norteamericana: articula identidad donde el Estado formal resulta insuficiente.
La expansión del Mundial a cuarenta y ocho equipos, aprobada en 2017, respondía a una lógica que Karl Popper habría desconfiado: la de quienes confunden la cantidad de participantes con la calidad de la competencia. El argumento oficial —más representación geográfica, más ingresos para la FIFA, más desarrollo del fútbol en zonas periféricas— oculta una verdad incómoda: el torneo se diluye, los grupos se desequilibran, y los primeros enfrentamientos se convierten en ejercicios de piedad institucional. No es casual que el duelo inaugural del Grupo E enfrente a los dos extremos del ranking. El sorteo, presuntamente neutral, reproduce las jerarquías que la retórica oficial prometía superar.
Esto no implica que Curazao deba ser objeto de condescendencia. Sus jugadores tienen derecho a la competencia, y su clasificación es producto de reglas que todos aceptaron. Pero los colombianos debemos reconocer, con la honestidad que exige el ejercicio periodístico, que la inclusión formal no garantiza la igualdad sustantiva. El mismo sistema que abre puertas mantiene intactas las ventanas por donde escapan los recursos, las academias, los centros de formación. El fútbol global funciona como una economía de mercado sin regulación: libre entrada, competencia desigual, resultados predecibles.
El domingo en Houston, cuando el pitido inicial ponga en movimiento a Musiala y a Chong, a Neuer y a Obispo, el espectáculo será digno. Pero la pregunta que deberíamos hacernos —los que creemos que el deporte es también un asunto político— es si la ampliación del Mundial responde a una lógica de justicia o a una de mercantilización del gesto inclusivo. El espejismo de la igualdad, cuando se confunde con la igualdad misma, termina por legitimar las desigualdades que pretendía mitigar. Curazao jugará con honor. Que eso baste, o que no baste, depende de qué esperamos del fútbol en el siglo XXI.