La llamada telefónica entre el presidente electo Abelardo de la Espriella y el ministro de Asuntos Exteriores de Israel, Gideon Sa’ar, no es un mero protocolo diplomático. Representa una señal de corrección de rumbo en la política exterior colombiana y una redefinición de prioridades estratégicas para el próximo cuatrienio. En un contexto hemisférico donde la alineación automática con Washington se ha diluido y la influencia de potencias extra-regionales crece, la decisión de consolidar una alianza con Tel Aviv antes de la posesión envía un mensaje claro a los mercados y a los socios tradicionales: Colombia recupera su vocación atlantista y su pragmatismo institucional.
Más que simbolismo, cooperación técnica
Para entender la relevancia de este acercamiento, debemos superar la lectura ideológica que ha dominado el debate público en los últimos años. La relación con Israel no se trata de adhesiones morales abstractas, sino de intereses nacionales concretos medibles. Israel es hoy una potencia global en tecnologías de riego, gestión hídrica, ciberseguridad y defensa. Para un país como Colombia, que enfrenta desafíos estructurales en productividad agrícola y seguridad territorial, esta cooperación tiene un valor instrumental inmediato.
Mientras otros gobiernos de la región han utilizado la política exterior como extensión de sus disputas domésticas, aislándose de socios tecnológicos clave, la administración entrante parece optar por una diplomacia de resultados. Según datos de la Cámara de Comercio Colombo-Israelí, el intercambio bilateral ha mostrado resiliencia incluso en periodos de tensión política, pero su potencial está subutilizado. La señal de De la Espriella sugiere que la cooperación técnica y la transferencia tecnológica volverán a ser ejes centrales, desplazando la retórica que estancó proyectos conjuntos vitales para la modernización del campo y la infraestructura crítica.
El eje Bogotá-Washington-Tel Aviv
Este movimiento debe leerse también en clave trilateral. La relación con Israel ha funcionado históricamente como un termómetro de la sintonía entre Bogotá y Washington. En momentos de incertidumbre sobre la política estadounidense hacia América Latina, fortalecer el vínculo con un aliado clave de Estados Unidos en Oriente Medio ancla a Colombia en la arquitectura de seguridad occidental. Esto es particularmente relevante ante el avance de actores autoritarios en el vecindario.
La experiencia comparada es ilustrativa. Mientras regímenes como el de Nicaragua o Venezuela han profundizado su alineación con Irán y Rusia, buscando alternativas a la institucionalidad occidental, Colombia reafirma su pertenencia al bloque democrático de mercado. No se trata de importar conflictos ajenos, sino de reconocer que la seguridad nacional y la prosperidad económica dependen de estar en la red correcta de alianzas. La credibilidad institucional se construye con coherencia estratégica, no con equidistancias ambiguas que terminan por alienar a los inversores y socios naturales.
Pragmatismo frente a polarización
Es previsible que este acercamiento genere críticas desde sectores que privilegian la solidaridad ideológica sobre el interés nacional. Sin embargo, la política exterior de un Estado de derecho no puede estar sujeta a las simpatías personales de turno ni a consignas activistas. La responsabilidad del presidente electo es garantizar que las alianzas internacionales sirvan para mejorar la seguridad, la productividad y el bienestar de los colombianos.
El respaldo explícito del canciller Sa’ar indica que Israel percibe en De la Espriella un interlocutor confiable y predecible, algo que se había erosionado significativamente. Recuperar esa confianza toma tiempo y requiere consistencia. La llamada es solo el primer paso; lo determinante será la capacidad de traducir esta buena voluntad en acuerdos de inversión, programas de capacitación técnica y mecanismos de cooperación en inteligencia que fortalezcan nuestras instituciones.
En un mundo fragmentado, la neutralidad absoluta es una ilusión costosa. Colombia necesita socios que aporten valor tangible. La reactivación de la alianza con Israel, bajo una lógica de respeto mutuo y beneficio recíproco, es una decisión de Estado que trasciende al gobierno de turno. Es, en esencia, un acto de realismo necesario para navegar la complejidad geopolítica actual sin sacrificar nuestros principios fundacionales ni nuestras oportunidades de desarrollo.