Omar Garcés Pabón pidió auxilio desde el patio de su casa el sábado pasado alrededor de las tres de la tarde. Nadie fue. Media hora después, cuando la incertidumbre movió a un vecino a revisar, encontraron el cuerpo tendido en un charco de sangre. Dos puñaladas letales en el cuello. La Brinho confirmó el homicidio en el barrio Santa Clara, ciudadela La Libertad.
Menos de doce horas después, en la madrugada del 31 de mayo, ocurrió un segundo asesinato. Esta vez en el barrio Sevilla, avenida 9 con calle 2. Un hombre con dos impactos de bala. Sin identificar. Sin documentos. Sin testigos, como en el primer caso.
Lo que preocupa no es solo la frecuencia, sino el patrón. Ambos crímenes sucedieron en barrios donde la seguridad ya era precaria. En Santa Clara, no hay cámaras. En Sevilla, los vecinos dicen no haber visto ni escuchado nada. Las autoridades apuntan al microtráfico como posible móvil del segundo homicidio, pero en el primero aún hay vacío investigativo. Garcés Pabón no era persona visible ni conflictiva, según reportan.
Cúcuta viene enfrentando una presión de seguridad histórica por su ubicación fronteriza. Estos dos casos en menos de 48 horas resuenan más fuerte porque sucedieron en barrios urbanos, no en zonas rurales donde el control estatal es ya casi nulo. La Medicina Legal continúa con los procedimientos forenses. La Policía investiga, pero con pocas pistas: falta de cámaras, vecinos que no ven, autores sin rastro.