Luis Guillermo Echeverri Vélez escribió en La República una columna titulada “Tremendo gancho ciego” que funciona como llamado electoral implícito. El texto abre con una invitación a “reflexionar y a votar con cabeza fría, sin fanatismos” y luego introduce caracterizaciones: “gran contradictor político del progresismo internacional” y referencias a consistencia en la lucha contra el terrorismo.
Para quien no siguió el hilo: estamos en año de elecciones presidenciales. La columna, publicada en la sección de análisis de un medio de centro-derecha, evita toda nominación explícita de candidatos. Esa ausencia de nombres genera un espacio ambiguo donde el lector completa la identificación sin que el medio asuma formalmente una posición electoral.
Lo que llama la atención es la estructura del argumento. El texto no desarrolla evaluación de programas, comparación de propuestas ni balance de gestiones. En cambio, se construye mediante apelación a identidad política binaria: progresismo versus su contraparte. Esa mecánica es típica del discurso electoral en redes sociales, donde la insinuación opera como herramienta de movilización sin compromiso explícito.
Esto plantea una pregunta sobre los estándares editoriales de medios que publican estas columnas. Si respaldan una candidatura, ¿por qué no decirlo abiertamente? Si no la respaldan, ¿qué función cumple dar espacio a una convocatoria que opera como tal? La respuesta probablemente esté en lo que los editorialistas llaman “plausible denegabilidad”: el medio conserva su independencia formal mientras sus columnistas hacen trabajo de movilización.
Lo que distingue esta columna de un análisis político convencional es precisamente eso: la construcción por insinuación, no por argumento desarrollado. Eso no invalida el derecho del columnista a tener preferencias políticas. Lo que merece escrutinio es el formato elegido: una convocatoria electoral disfrazada de reflexión editorial.