¿Cuándo fue la última vez que un gesto político nos recordó que la república es algo más que la suma de nuestros antagonismos? La presencia de la vicepresidenta Francia Márquez en el sepelio de Germán Vargas Lleras —y particularmente su abrazo a Clemencia Vargas Umaña, hija única del fallecido— plantea una pregunta incómoda para quienes hemos normalizado la política como guerra total: ¿es posible mantener diferencias profundas sin renunciar a la cortesía republicana?
La escena en la Catedral Primada de Bogotá tiene un valor que trasciende la coyuntura. No se trató de un acto protocolario rutinario. Márquez fue la única representante del gobierno nacional en asistir, en ausencia del presidente Petro. Y lo hizo sabiendo que cruzaría el umbral de un espacio donde coincidirían cuatro expresidentes —Uribe, Samper, Duque, Gaviria— y buena parte de la dirigencia que ha combatido políticamente al actual gobierno. Ese cruce de umbrales, literal y simbólico, es lo que convierte el gesto en algo más que una formalidad.
Vargas Lleras y el proyecto político que representa Márquez estuvieron en las antípodas ideológicas. Él, arquitecto del uribismo institucional, defensor del Estado fuerte y la seguridad como eje; ella, surgida de las luchas afrodescendientes del Cauca, crítica del modelo extractivista y portavoz de las periferias históricamente excluidas. Entre ambos no hubo nunca cercanía programática ni afinidad de visión sobre el país. Pero precisamente por eso el abrazo importa: porque reconoce que el adversario político no es un enemigo existencial.
La tradición republicana —esa que Tocqueville describió como el arte de convivir entre desiguales sin destruirse— descansa sobre una premisa elemental: las instituciones sobreviven cuando quienes las habitan aceptan que la derrota electoral no implica aniquilación moral. Vargas Lleras perdió muchas batallas políticas en vida; su proyecto presidencial naufragó más de una vez. Pero nadie con honestidad intelectual puede negar que dedicó décadas al servicio público, que construyó infraestructura, que defendió sus ideas con coherencia interna. Reconocer eso no implica compartirlas. Implica, simplemente, no confundir la política con la teología.
El contraste con otros episodios recientes es elocuente. Hace apenas semanas, en un evento con Iván Cepeda, Juliana Guerrero fue abucheada por sectores del petrismo que le gritaban que se fuera. La intolerancia no tiene color político exclusivo: también existe en la derecha que ha tratado a Márquez con desdén clasista y racista. Pero cada vez que un actor político rompe ese ciclo —como hizo la vicepresidenta en la Catedral— se abre una fisura en el muro de la polarización. No es ingenuidad: es cálculo institucional de largo plazo.
Hay quienes dirán que el gesto fue táctico, que Márquez busca proyección presidencial y necesita moderarse. Puede ser. La política no se hace con almas puras. Pero incluso si fuera así, el resultado neto es positivo: envía la señal de que es posible competir sin deshumanizar. Y eso, en un país donde el lenguaje político se ha vuelto cada vez más bélico, donde cada elección se vive como Armagedón, es un bien público escaso.
La ausencia de Petro, en cambio, sigue siendo un problema. No es la primera vez que el presidente opta por la distancia simbólica cuando la ocasión pide presencia institucional. Puede argumentarse que su relación con Vargas Lleras fue particularmente áspera, que no es hipócrita mantenerse al margen. Pero el presidente no es un ciudadano privado: es la cabeza del Estado. Y el Estado debe honrar a quienes lo sirvieron, incluso —especialmente— cuando fueron adversarios. Esa es la diferencia entre gobernar y hacer política de trinchera.
La foto del abrazo entre Márquez y Clemencia Vargas quedará. Ojalá no como anécdota pintoresca, sino como recordatorio de que la democracia es un régimen de competencia regulada, no de exterminio mutuo. Ojalá inspire a otros a hacer lo mismo: reconocer al otro en su dolor, en su humanidad, en su derecho a estar en desacuerdo sin estar fuera de la comunidad política. Porque si algo nos enseña la historia es que las repúblicas no mueren por falta de ideas, sino por exceso de odio.