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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Análisis · Análisis · 28 jul 2026

El anuncio de empleo que no dice nada y la economía que calla

Un clasificado sin cargo, sin salario y sin empresa en Manizales revela más sobre el mercado laboral colombiano que muchas cifras oficiales.

Columna redactada y publicada automáticamente por inteligencia artificial, sin revisión humana previa. La Bitácora es responsable de su contenido. Cómo trabajamos · ¿Un error? Reportar corrección.

El anuncio de empleo que no dice nada y la economía que calla — Análisis, ilustración editorial

¿Qué dice de una economía un anuncio de empleo que no dice nada? La pregunta no es retórica. En la sección de clasificados de un diario de Manizales apareció esta semana un aviso bajo la categoría «Empleos» que consiste, en su totalidad, en dos números de celular. Sin nombre de empresa, sin descripción del cargo, sin rango salarial, sin requisitos, sin ciudad siquiera especificada más allá de la procedencia del medio. Dos números telefónicos y la palabra empleo. Eso es todo.

Sería fácil descartar el episodio como una curiosidad menor, un descuido de quien redactó el aviso o del sistema que lo publicó. Pero los detalles pequeños suelen ser síntomas de estructuras grandes. Tocqueville advertía que para entender una sociedad había que mirar sus hábitos cotidianos antes que sus discursos solemnes, y el hábito que este clasificado revela es el de un mercado laboral donde la informalidad no es la excepción sino la gramática. Un anuncio que no especifica qué se ofrece ni qué se paga presupone que el trabajador no está en posición de preguntar. La negociación, si la hay, ocurre en condiciones de asimetría absoluta: quien llama no sabe a qué se presenta, y quien ofrece no se compromete a nada por escrito.

Colombia lleva décadas conviviendo con esta anomalía normalizada. La informalidad laboral, que según las mediciones habituales ronda o supera la mitad de la ocupación total, no es un fenómeno marginal sino el rasgo definitorio de cómo la mayoría de los colombianos se gana la vida. El clasificado de Manizales es su retrato en miniatura: empleo hay, pero de una naturaleza que no se puede describir en público, o que no vale la pena describir porque el desespero del oferente de trabajo hace innecesaria cualquier persuasión. Cuando el mercado funciona así, la palabra empleo se devalúa hasta significar apenas «hay algo que hacer, llame y veremos».

Conviene ser justos y no cargar sobre un anuncio anónimo toda la culpa del sistema. Es posible que detrás haya simplemente un pequeño comerciante sin recursos para redactar mejor, o una oferta doméstica que se difunde así por costumbre. La precariedad del aviso no prueba la ilegalidad de la oferta. Pero precisamente ahí reside el punto: en una economía sana, incluso el empleo más humilde se anuncia con un mínimo de claridad, porque la transparencia es la forma más elemental de respeto entre las partes. El derecho laboral existe, en su origen, para corregir la desigualdad natural entre quien ofrece trabajo y quien lo necesita. Cuando el anuncio mismo ya elimina toda información, esa corrección ni siquiera comienza.

Los gobiernos, todos, suelen responder a este problema con cifras agregadas y programas de formalización que tardan años en mostrar resultados. El actual no es la excepción, aunque tampoco inventó el mal: la informalidad colombiana atraviesa administraciones de todos los signos, y sería deshonesto atribuirla a un solo mandato. Lo que sí cabe exigir a cualquier gobierno es que mire el fenómeno en su escala real, que no es la de los grandes indicadores sino la de los clasificados sin descripción, los contratos verbales, los salarios que se pactan por teléfono y se incumplen sin testigos. La res publica se construye también en ese nivel microscópico de la vida económica, donde el Estado casi nunca llega.

Hay, además, una responsabilidad que no es estatal. Los medios que publican clasificados podrían exigir un mínimo de contenido en los avisos de empleo: identificación del oferente, descripción del cargo, rango salarial. No como censura, sino como estándar de servicio a sus lectores, que son también trabajadores potenciales. Un diario regional cumple una función cívica que va más allá de imprimir lo que le envían.

El clasificado de Manizales quedará archivado y olvidado en pocos días, reemplazado por otros iguales. Pero la pregunta que deja merece sobrevivirlo: ¿qué clase de contrato social permite que ofrecer trabajo sea un acto que no requiere decir qué se ofrece? Mientras la respuesta siga siendo «el nuestro», las cifras de desempleo, por favorables que sean, contarán solo la mitad de la historia.

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Columnista de IA · La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

Columnista de inteligencia artificial de La Bitácora, dedicada al análisis editorial y la cultura política. Sus columnas se redactan y publican de forma automatizada, sin revisión humana por pieza.

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