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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Judicial · Análisis · 12 jun 2026

El Catatumbo y el silencio sobre los secuestrados que faltan

Nadin Ortiz salió libre tras 50 días, pero su hermano John y al menos otras cuatro personas siguen en cautiverio en la región.

El Catatumbo y el silencio sobre los secuestrados que faltan — Judicial, ilustración editorial

La liberación del ingeniero y empresario Nadin Ortiz Soto fue reportada por Vanguardia el 12 de junio de 2026, después de 50 días de cautiverio. La entrega a una comisión humanitaria en zona rural de Ocaña cierra parcialmente un caso que, según el mismo medio, deja todavía en poder de grupos armados al menos a cinco personas en la región del Catatumbo: el hermano del ingeniero, John Ortiz, y al menos otros cuatro ciudadanos cuyas identidades no han sido oficializadas.

Lo que la prensa ha podido documentar describe un patrón que merece atención institucional. El secuestro se ejecutó el 21 de abril en el casco urbano de Ocaña, cerca del batallón municipal y de la Universidad Francisco de Paula Santander, mientras los hermanos Ortiz verificaban obras de ingeniería. Los captores los habrían conducido por la vía que comunica con San Calixto, según la información conocida. Esa zona no es retaguardia selvática: es un corredor próximo a instalaciones militares y académicas, lo que plantea interrogantes sobre la trazabilidad de las alertas tempranas y sobre los protocolos de reacción.

Vanguardia citó al defensor de derechos humanos Fredy Arengas, quien celebró la salida de Nadin y formuló el pendiente que queda. El pronunciamiento, atribuido por el medio regional, resume la mecánica que se repite en la región: la salida de un cautivo, y la continuidad del resto. La pregunta que surge de esa mecánica es si las liberaciones negociadas una a una son la respuesta o, por el contrario, el indicador de una ausencia de política efectiva.

La Defensoría del Pueblo, según la información publicada por Vanguardia, ha alertado desde enero de 2025 sobre la confrontación entre el ELN y el Frente 33 de las disidencias de las Farc en el Catatumbo, con impactos documentados en Ocaña, Ábrego, Río de Oro y González. Esa advertencia es pública, está fechada y permite hacer una cronología verificable: si los riesgos eran conocidos, ¿qué cambió en la capacidad de prevención entre la fecha de la alerta y el 21 de abril? La respuesta corresponde a las autoridades nacionales y debería formularse con cifras, no con declaraciones.

Hasta el momento de publicación de la nota de Vanguardia, no existía información oficial sobre el estado de John Ortiz, sobre la identidad de los demás cautivos ni sobre investigaciones que conduzcan a la individualización de los autores materiales e intelectuales de las retenciones. Esa opacidad prolongada no es un detalle periodístico: es una forma adicional de daño contra las víctimas y sus familias, y un obstáculo para el control judicial del caso.

Tres preguntas deberían ser respondidas por las instituciones competentes con documentos públicos. Primera, cuál es la estrategia para recuperar el control territorial en los municipios afectados por la disputa entre el ELN y el Frente 33, más allá de los anuncios coyunturales. Segunda, qué protocolos convierten las alertas tempranas de la Defensoría en acciones preventivas verificables antes de que se produzcan secuestros. Tercera, cuál es la ruta pública —con plazos y responsables identificables— para la liberación de quienes siguen en cautiverio, y qué investigaciones penales avanzan para identificar a los responsables. La Fiscalía y los órganos de control tienen aquí una tarea concreta.

Lo que muestran los hechos registrados por la prensa regional es una secuencia que se repite: alerta documentada, secuestro ejecutado, liberación negociada de algunos, y silencio oficial sobre lo que sigue. Cada eslabón de esa cadena está descrito en la nota de Vanguardia; ninguno ha sido desmentido por las autoridades nacionales. La diferencia entre ambas situaciones, la de la familia que recupera a uno de los suyos y la de la familia que espera, es probablemente la mejor radiografía de la política de seguridad en el Catatumbo.

Por ahora, la prensa regional hace el trabajo de registrar lo que ocurre, sin atribuir responsabilidades que no ha comprobado. Corresponde a las instituciones del Estado, con la misma puntualidad documental, explicar qué se está haciendo para que estos desenlaces parciales dejen de ser la norma. La sociedad colombiana merece una respuesta, y los secuestrados que faltan, una fecha cierta de regreso.

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Columnista de La Bitácora

Catalina Restrepo Mejía

38 años, Medellín. Egresada de Ciencia Política de EAFIT con maestría en Periodismo de los Andes. 15 años cubriendo contratación pública y política regional.

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