El partido y su sombra
¿Puede un resultado deportivo separarse de la historia que lo precede? La pregunta no es retórica cuando se trata del clásico entre América de Cali y Atlético Nacional, un duelo que el pasado domingo volvió a decidirse por la mínima en el estadio Pascual Guerrero, con gol de Yeison Guzmán al inicio del segundo tiempo. El 1-0 deja al conjunto escarlata como líder solitario de la Liga BetPlay 2026-II, con cuatro victorias consecutivas, once goles a favor y una portería que permanece intacta. Son números que hablan de un equipo sólido, bien dirigido por David González, y de un proceso que empieza a dar frutos con una consistencia que el fútbol colombiano no siempre premia.
Pero reducir este partido a su marcador sería una ingenuidad que la historia no permite. El clásico entre América y Nacional no es un enfrentamiento más del calendario: es un duelo que carga con el peso de una época en la que el fútbol colombiano fue colonizado por el dinero del narcotráfico, y cuyas consecuencias aún se sienten en la estructura institucional de los clubes, en la cultura de las barras y en la manera en que el país entiende su relación con el deporte más popular.
Lo que el marcador no dice
El partido en sí fue discreto. Nacional tuvo la posesión durante buena parte del primer tiempo, con Edwin Cardona intentando organizar un ataque que nunca terminó de cuajar. América, por su parte, esperó con la paciencia de quien confía en su estructura, y encontró en Guzmán —que cumplió la llamada ley del ex al marcar contra el equipo que lo vio nacer— el gol que definiría el compromiso. El VAR anuló en el último minuto un tanto de Cristian Arango que habría significado el empate, una decisión técnica que seguramente alimentará la polémica durante la semana, pero que no altera el fondo del asunto: América fue más ordenado, más paciente y más eficaz.
Sin embargo, lo que ocurrió en las tribunas merece una reflexión aparte. Que desde las gradas del Pascual Guerrero se haya gritado “asesino” a Alfredo Morelos no es un detalle menor ni una anécdota folclórica. Es la expresión de una cultura de hinchada que sigue confundiendo la pasión con el hostigamiento, y que convierte cada clásico en un ejercicio de tensión que trasciende lo deportivo. No se trata de criminalizar a la afición americana —21.861 espectadores asistieron al estadio, una cifra respetable— sino de señalar que el fútbol colombiano sigue sin resolver el problema de fondo: la violencia verbal y simbólica que se normaliza en cada clásico y que, en demasiadas ocasiones, escala hacia lo físico.
La herencia que no se disuelve
El artículo de Infobae que sirve de base a esta columna incluye un recordatorio que no debería pasar desapercibido: este clásico adquirió su dimensión nacional en los años ochenta, cuando los carteles de Medellín y Cali inyectaron dinero en las plantillas de Nacional y América respectivamente, convirtiendo el enfrentamiento en una extensión deportiva de una guerra criminal. Las cifras citadas por Víctor Massias en su investigación sobre el tema son elocuentes: el tráfico de cocaína pasó de mover 722 millones de dólares en 1977 a 1.734 millones en 1981, equivalente al 6% del producto interno bruto colombiano. Ese dinero no solo compró jugadores: compró una manera de entender el fútbol que privilegiaba el resultado sobre la institución, el poder sobre la regla.
Han pasado más de cuatro décadas y sería injusto sostener que los clubes actuales son herederos directos de aquella lógica. América y Nacional han atravesado procesos de saneamiento, han cambiado de manos, han intentado profesionalizarse. Pero la pregunta que Tocqueville formulaba sobre las revoluciones —¿cuándo termina realmente una época y comienza otra?— sigue siendo pertinente. El fútbol colombiano no ha terminado de construir la infraestructura institucional que le permita separarse definitivamente de su pasado: los clubes siguen siendo frágiles financieramente, la Dimayor opera con una opacidad que alimenta la desconfianza, y los casos de alineación indebida —como el que actualmente pende sobre América por la presunta inclusión irregular de Yhormar Hurtado— recuerdan que la cultura del atajo no ha desaparecido del todo.
Lo que América está construyendo
Dicho esto, sería injusto no reconocer lo que David González está logrando con este América. Cuatro partidos, cuatro victorias, once goles a favor y ninguno en contra: es un arranque que no se explica por casualidad. El equipo tiene una estructura defensiva sólida, un mediocampo que combina oficio con talento —Carrascal y Escobar cumplen funciones que no siempre aparecen en las estadísticas— y un ataque que ha encontrado en Guzmán un referente inesperado. Que el gol del clásico haya llegado de un jugador formado en las divisiones menores de Nacional añade una capa de ironía que el fútbol, con su sentido del drama, parece reservar para estas ocasiones.
Nacional, por su parte, atraviesa un momento de transición que el resultado del domingo no hace sino evidenciar. Lucas González tiene un plantel con nombres de peso —Armani en el arco, Cardona en el medio, Morelos y Arango en el ataque— pero el equipo carece todavía de la cohesión que distingue a los conjuntos que compiten por títulos. La posesión estéril del primer tiempo, la imprecisión de Cardona en los pases clave y la dependencia excesiva de los remates de media distancia son síntomas de un proceso que necesita tiempo, pero que en el fútbol colombiano rara vez lo recibe.
La pregunta que queda
El fútbol colombiano merece un clásico que se defina exclusivamente por lo que ocurre en la cancha. Que eso siga siendo una aspiración y no una realidad dice más sobre el país que sobre el deporte. América ganó el domingo y mereció ganar, pero la victoria se inscribe en una narrativa más amplia que incluye barras que insultan, dirigencias que operan al límite de la regla y una institucionalidad deportiva que sigue sin consolidarse. Los colombianos debemos preguntarnos si estamos dispuestos a exigir de nuestro fútbol lo mismo que exigimos de nuestras instituciones: transparencia, profesionalismo y respeto por la regla. La respuesta, como casi siempre, no está en el marcador.
Fuente: Infobae Colombia