¿Qué castiga exactamente la tabla del descenso? La pregunta parece trivial para quien sigue el fútbol colombiano con la pasión acostumbrada, pero encierra una lección que trasciende la cancha. El sistema de promedios —esa invención nuestra que condensa tres años de campañas en un solo número— no premia el presente ni la camiseta: castiga la inconsistencia sostenida, la gestión improvisada, la memoria corta de dirigentes que confunden una buena racha con un proyecto. Y en eso, mutatis mutandis, se parece demasiado a nuestra vida institucional.
Los resultados de la segunda fecha del Todos Contra Todos de la Liga 2026-II ofrecen un fresco elocuente. América de Cali vapuleó 7-0 al Boyacá Chicó en el Pascual Guerrero, con dobletes de Yeison Guzmán, Dany Rosero y Kevin Angulo, más el tanto de Luis Quiñones. Atlético Nacional debutó en el semestre goleando 0-3 a Jaguares en Montería, con anotaciones de Marlos Moreno, Andrés Sarmiento y Alfredo Morelos. Medellín derrotó 1-0 al Deportivo Cali con un gol de Diego Moreno en el minuto 90+3, cuando el partido parecía condenado al empate. Tolima remontó en Valledupar ante Alianza FC. Y mientras tanto, en el sótano de la tabla de promedios, Cúcuta Deportivo (0.80) y Jaguares de Córdoba (0.85) ocupan hoy las plazas que, de cerrarse el campeonato en este momento, los enviarían a la segunda división en 2027.
Conviene detenerse en el caso del Deportivo Cali, porque ilustra la tesis central de esta columna. El equipo azucarero, uno de los más laureados del país, se ubica décimo quinto en la tabla del descenso con un promedio de 1.14, apenas cuatro posiciones por encima de la zona roja. Que una institución de su historia transite por esos andurriales no es un accidente estadístico: es la consecuencia acumulada de años de dirigencia errática, deudas, crisis deportivas y administrativas que el hincha conoce de memoria. El promedio, en ese sentido, funciona como una suerte de contabilidad moral del fútbol: no perdona el presente decoroso si el pasado fue ruin. Tocqueville advertía que las democracias sanas dependen de hábitos del corazón forjados en la duración; algo similar cabe decir de los clubes. No hay campaña heroica de un semestre que borre tres años de desgobierno.
El sistema de promedios tiene detractores legítimos, y esta casa editorial ha escuchado sus argumentos con atención. Se dice que castiga doblemente a los equipos recién ascendidos, que carecen de colchón histórico, y que protege a los grandes con puntaje acumulado aun cuando jueguen mal. Hay verdad en ello: Cúcuta y Jaguares, precisamente los dos hoy condenados, pertenecen a esa categoría de clubes que suben con estructuras frágiles y compiten en desventaja estructural frente a planteles con nóminas diez veces superiores. Pero la alternativa —el descenso por tabla de una sola temporada— tiene sus propios vicios: premia la mediocridad intermitente y convierte cada fecha en una ruleta donde un mal semestre, una lesión o un arbitraje desafortunado pueden hundir un proyecto serio. El promedio, con todas sus asperezas, introduce al menos una exigencia de continuidad que el fútbol colombiano, crónicamente cortoplacista, necesita.
Hay, además, una dimensión regional que no debería pasarse por alto. De los ocho equipos en la parte baja de la tabla, varios representan a ciudades intermedias o a departamentos donde el club es uno de los pocos lazos de cohesión social que sobreviven. Cuando Cúcuta o Montería pierden la categoría, no pierden solo un cupo en el fixture: pierden inversión, empleo indirecto, visibilidad nacional y un ritual dominical que ordena la vida de miles de familias. El descenso, visto así, es también un termómetro de la desigualdad territorial que el fútbol refleja con más honestidad que muchos discursos oficiales. Los clubes de las periferias compiten con estadios precarios, presupuestos exiguos y fichajes de emergencia, mientras los grandes concentran patrocinios y derechos de transmisión. Ninguna reforma reglamentaria resolverá esa asimetría, pero convendría que la Dimayor y la Federación discutieran con seriedad mecanismos de solidaridad —fondos de compensación, incentivos al ascenso sostenible— en lugar de limitarse a administrar el veredicto.
Sería injusto, sin embargo, cerrar sin reconocer lo que la jornada tuvo de saludable. El 7-0 del América, más allá de la goleada, mostró a un equipo con funcionamiento y ambición; el Nacional estrenó semestre con autoridad en terreno ajeno; el Medellín ganó con oficio en los descuentos, esa virtud escasa de los equipos que no se rinden. El fútbol colombiano, pese a sus dirigencias, sus violencias de barras y sus finanzas opacas, sigue produciendo tardes que justifican la pasión. Quizá por eso la tabla del descenso duele tanto: porque nos recuerda que el espectáculo tiene un costo, y que ese costo lo pagan siempre los mismos. La pregunta que queda flotando, como un balón en el área chica, es si algún día aprenderemos que los clubes —como las repúblicas— no se salvan en los descuentos, sino en la administración paciente de los años.