¿Por qué nos cuesta tanto cerrar lo que tenemos a la mano? La pregunta no es solo futbolística, aunque el fútbol la plantee esta semana con una claridad que duele. El Deportivo Independiente Medellín llegó al Atanasio Girardot con la obligación de definir su llave de playoffs de la Copa Sudamericana ante Vasco da Gama, se puso dos veces en ventaja, y dos veces dejó que la ventaja se le escurriera entre los dedos. El 2-2 final lo condena ahora a la empresa más difícil del fútbol sudamericano: ganar en Brasil, en São Januário, ese estadio centenario donde la historia pesa más que el césped.
El relato del partido de ida es una pequeña tragedia en tres actos. John Montaño abrió el marcador en el cierre del primer tiempo, y antes de que la grada terminara de celebrar, un autogol de Joaquín Varela al minuto del complemento devolvió la paridad. El DIM volvió a adelantarse al 72, en una jugada cuyo crédito la Conmebol terminó asignando al atacante tras determinar que el remate, rozado por Carlos Cuesta, llevaba dirección de portería. Y cuando el debut de Luis Amaranto Perea en el banquillo parecía coronarse con victoria, Claudio Spinelli empató al 86 a centro de Cuiabano. Dos ventajas, dos concesiones. La serie quedó abierta, y abierta en el peor sentido: la definición se mudó a Río de Janeiro.
Hay en este patrón algo que trasciende la táctica. Tocqueville observaba que los pueblos democráticos tienden a confundir el deseo con la capacidad, a creer que basta con querer para poder. En el fútbol colombiano padecemos una versión deportiva de esa confusión: dominamos tramos del juego, generamos ocasiones, nos adelantamos en el marcador, y sin embargo administramos mal la ventaja como si el partido terminara cuando nos ponemos por delante y no cuando el árbitro pita. El minuto 86 de Spinelli no es un accidente aislado; es la repetición de un guion que los hinchas del fútbol nacional conocen de memoria, mutatis mutandis, en clubes y en selección.
Sería injusto, sin embargo, no reconocer lo que el Medellín mostró en los primeros minutos de la vuelta en Río. Según el minuto a minuto del partido, el equipo antioqueño salió a atacar en São Januário: tiro de esquina a favor al minuto 6, un disparo de Agustín Martegani desde fuera del área al 11 con asistencia de Jeison Medina. Atacar más que el rival en su casa, con la historia en contra, es una declaración de intenciones que merece respeto. Amaranto Perea, defensor de oficio y de raza en su época de jugador, parece haber entendido que la única manera de sobrevivir en Brasil es no encerrarse a esperar el milagro.
El contexto de la jornada añade una capa de interés regional. Mientras el DIM peleaba en Río, Santa Fe defendía en Caracas un 2-0 construido en Bogotá con goles de Hugo Rodallega y Franco Fagúndez, y la llave entre Grêmio y Bolívar prometía vértigo tras el 3-2 de la ida en la altura. La Sudamericana, ese torneo que durante años fue tratado como el pariente pobre de la Libertadores, se ha convertido en el escenario donde los clubes colombianos de segundo rango continental miden su verdadera estatura. No es poca cosa: es allí donde se forja la costumbre de competir, que es la madre de cualquier ambición mayor.
Y sin embargo, la lección que queda flotando es incómoda. El fútbol, como la política y como la vida institucional de los países, premia menos el brillo de los momentos que la solidez de los cierres. Los equipos que trascienden no son los que se adelantan dos veces, sino los que aprenden a defender una ventaja con la misma inteligencia con que la construyeron. El DIM tuvo la llave en sus manos en Medellín y la dejó viajar a Río. Lo que ocurra en São Januário definirá si esta es solo otra página del manual colombiano de oportunidades desperdiciadas, o el inicio de una historia distinta. La pelota, como siempre, tendrá la última palabra. Pero la pregunta —la que debería quedarnos resonando mucho después del pitazo final— es más vieja que el fútbol: ¿cuándo aprenderemos a cerrar las puertas que nosotros mismos abrimos?