El dólar cerró el 13 de mayo en $3.775,44 frente al peso colombiano, una cifra que refleja algo más profundo que una fluctuación técnica diaria. Detrás de ese movimiento de 0,14% se encuentra un reajuste de expectativas en Washington que tiene implicaciones claras para Colombia: la Reserva Federal no bajará tasas en 2026, y es probable que las suba hacia fin de año.
Este cambio de narrativa comenzó con un dato inflacionario estadounidense superior a lo esperado. Los mercados, que hace meses apostaban a un ciclo de relajación monetaria, han girado 180 grados. El índice dólar (DXY) alcanzó máximos semanales, lo que confirma que el capital global está migrando hacia activos denominados en dólares. Los bonos del Tesoro ofrecen rendimientos más atractivos. El dólar, en consecuencia, se fortalece como activo defensivo.
Para Colombia, esto genera un dilema incómodo. Históricamente, cuando el crudo sube de precio, el peso se aprecia porque nuestras exportaciones petroleras generan dólares. Pero esta vez, ese mecanismo de amortiguación no funciona. La presión global sobre monedas emergentes es más fuerte que el soporte que ofrece el petróleo caro. Los inversionistas están reduciendo exposición a riesgo emergente, punto.
Por qué importa para la región
Este escenario no es exclusivo de Colombia. Toda la región andina enfrenta el mismo problema. Perú, Ecuador y Bolivia también ven presión sobre sus monedas porque el dólar fuerte es un fenómeno global, no local. Pero Colombia tiene una vulnerabilidad adicional: la incertidumbre política interna.
Según el análisis de mercado disponible, los flujos de cobertura cambiaria se han intensificado. Las empresas y fondos locales están comprando dólares no solo porque es racional hacerlo en un contexto de tasas estadounidenses altas, sino porque hay incertidumbre sobre la dirección de la política doméstica. Eso amplifica la demanda de divisas.
La volatilidad del tipo de cambio se sitúa en 3,72%, muy por debajo del promedio histórico de 12,9%, lo que sugiere que el mercado aún no ha digerido completamente esta nueva realidad. Es decir, hay riesgo de movimientos más bruscos si la narrativa se confirma con los próximos datos de inflación estadounidense.
El rango operativo y las implicaciones
Los analistas proyectan que el par USD/COP podría moverse entre $3.760 y $3.810 en el corto plazo, con posibles extensiones hacia $3.830 si el dólar sigue consolidándose. Para el sector exportador no petrolero (flores, café, manufactura), cada peso de depreciación es un golpe a la competitividad. Para los importadores, es un alivio temporal. Para el Banco de la República, es un desafío: ¿interviene para frenar la depreciación del peso o deja que el mercado se ajuste?
La respuesta no es evidente. Si la Reserva Federal mantiene tasas altas durante 2026, el diferencial de tasas de interés entre Estados Unidos y Colombia se ampliará, lo que justifica una depreciación del peso. Intervenir contra eso sería costoso en reservas internacionales y probablemente inútil.
El factor geopolítico
No hay que perder de vista que los precios elevados del petróleo también reflejan tensiones geopolíticas. Focos de conflicto internacional mantienen el crudo caro, lo que debería beneficiar a Colombia. Pero si esas tensiones generan aversión al riesgo global, el efecto negativo (capital que huye de emergentes) supera al efecto positivo (ingresos por petróleo).
Esta es la paradoja de ser un exportador de materias primas en una economía emergente: cuando el commodity sube por razones geopolíticas, el riesgo geopolítico también sube, y los inversionistas huyen. El precio compensa parcialmente, pero no totalmente.
Qué esperar
A corto plazo, el peso seguirá bajo presión. Los catalizadores domésticos que podrían revertir esta tendencia (una decisión del Banco de la República de subir tasas agresivamente, un acuerdo fiscal que reduzca incertidumbre, una mejora clara en la percepción de riesgo político) no están a la vista.
Lo que sí está a la vista es el calendario estadounidense: datos de inflación al productor, reportes de empleo, comunicados de la Fed. Cada uno de esos números puede reforzar o debilitar la narrativa de tasas altas por más tiempo. Mientras tanto, el peso colombiano seguirá danzando al ritmo que marque Washington, con la incertidumbre local como música de fondo.
Para los próximos meses, conviene monitorear no solo el dólar, sino también las expectativas de inflación en Estados Unidos. Si esas expectativas se consolidan, el peso podría tocar los $3.830 sin que haya nada particularmente malo en la economía colombiana. Simplemente, estaría ajustándose a un mundo donde el dinero caro es la nueva normalidad.