La jornada del 15 de julio de 2026 dejó una señal mixta para los mercados colombianos que exige lectura cuidadosa. Mientras el dólar cerró con una baja de $18,47, consolidando niveles no vistos desde 2019, el precio del crudo Brent subió 0,8% hasta US$85,42 por barril. Esta divergencia no es un simple ruido estadístico; refleja dos dinámicas geopolíticas que, aunque parezcan contradictorias en el corto plazo, configuran un escenario de alta vulnerabilidad para la región andina.
La fortaleza cambiaria tiene pies de barro
El retroceso de la tasa de cambio hacia niveles de hace siete años suele celebrarse en los pasillos del Ministerio de Hacienda como un triunfo de la confianza inversionista. Sin embargo, como analistas de riesgo político, debemos ser escépticos ante las apreciaciones nominales cuando los fundamentos reales no las acompañan. La fortaleza actual del peso responde más a flujos de capital especulativo y a un diferencial de tasas de interés que a una mejora estructural en nuestra balanza comercial o en la productividad.
En un contexto donde la Reserva Federal ha mantenido una postura cautelosa y los flujos hacia mercados emergentes se han reactivado, Colombia se beneficia temporalmente. Pero esta ventana de liquidez es frágil. Si la inflación importada se dispara por el encarecimiento de la energía, el Banco de la República podría verse forzado a mantener tasas restrictivas por más tiempo, frenando el crecimiento económico justo cuando la región necesita dinamismo. La apreciación cambiaria, paradójicamente, puede convertirse en un arma de doble filo si desincentiva las exportaciones no minero-energéticas en un momento en que deberíamos estar diversificando.
Ormuz como variable de riesgo sistémico
El verdadero titular de la jornada no es la baja del dólar, sino la razón del alza del petróleo: la interrupción del suministro en el estrecho de Ormuz. Este corredor marítimo, por donde transita aproximadamente el 20% del consumo mundial de petróleo, es el punto de presión más sensible de la geopolítica energética actual. Un incremento de US$0,69 en el Brent puede parecer marginal, pero en términos de seguridad de suministro, representa una prima de riesgo geopolítico que los mercados están empezando a internalizar.
Para Colombia, esto tiene implicaciones directas. Aunque somos exportadores netos de crudo y un Brent a US$85 alivia las finanzas públicas y mejora la cuenta corriente, la volatilidad asociada a conflictos en Oriente Medio genera incertidumbre en los costos logísticos y en los seguros marítimos. Además, la región andina depende críticamente de la importación de combustibles refinados y fertilizantes. Una disrupción prolongada en Ormuz no solo encarece la gasolina, sino que presiona la inflación de alimentos, un componente socialmente sensible que ningún banco central puede ignorar.
Lecciones hemisféricas y la trampa de la complacencia
La experiencia reciente de la región nos enseña a no confundir coyuntura con tendencia. Durante el ciclo de precios altos de 2022-2023, varios gobiernos latinoamericanos utilizaron los ingresos petroleros extraordinarios para financiar gasto corriente y subsidios generalizados, asumiendo que la bonanza sería permanente. Hoy, con el Brent nuevamente en zona de riesgo geopolítico, la tentación populista de gastar la diferencia se renueva.
Desde una perspectiva atlantista y pro-mercado, la respuesta correcta no es celebrar la baja del dólar ni depender del alza del petróleo. La estrategia debe ser la acumulación de reservas y la inversión en infraestructura de resiliencia energética. Washington y Bruselas observan con preocupación la inestabilidad en el Golfo Pérsico y su impacto en las cadenas de suministro globales. Para Colombia, alinearse con socios estratégicos en materia de seguridad energética y transición ordenada es más valioso que cualquier ganancia cambiaria transitoria.
La estabilidad macroeconómica de 2019 que hoy refleja la tasa de cambio se perdió precisamente por no anticipar choques externos. Recuperar esos niveles nominales sin haber corregido las vulnerabilidades estructurales es una ilusión peligrosa. El mercado nos está dando una tregua en la divisa y una advertencia en la energía; la responsabilidad institucional es leer ambas señales sin euforia ni negación.