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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 15 jun 2026

El empate como destino del fútbol globalizado

Tres igualdades en una jornada mundialista revelan una paradoja histórica: la democratización del fútago reduce las certezas de las potencias tradicionales.

El empate como destino del fútbol globalizado — Deportes, ilustración editorial

¿Es el empate masivo el síntoma de una competencia más equitativa, o la marca de una era en que las selecciones históricamente dominantes han perdido su capacidad de imponerse?

La jornada del Mundial 2026 ofreció una respuesta provisional, aunque no definitiva. España, Uruguay y Bélgica —tres selecciones con tradición, estructura y, sobre todo, presupuesto— no pudieron superar a Cabo Verde, Arabia Saudita e Irán respectivamente. El resultado estadístico es inapelable: seis equipos, seis puntos repartidos, ninguna victoria. Pero la lectura política del fenómeno exige mayor matices que la mera celebración de la “igualdad deportiva”.

Tocqueville observó en la democracia norteamericana una tendencia irresistible hacia la nivelación de condiciones. Lo que él llamó, con cierta ambigüedad premonitoria, el “gusto por la igualdad”, arrastraba consigo el riesgo de una mediocracia generalizada. El fútbol contemporáneo reproduce esta tensión con precisión casi didáctica. La globalización de los métodos de entrenamiento, la circulación internacional de cuerpos técnicos y el acceso tecnológico a la preparación física han reducido las distancias entre selecciones de distinta tradición. Cabo Verde, en su debut absoluto en Copas del Mundo, resistió no por azar sino por diseño: una estructura defensiva disciplinada, un portero experimentado, una convicción táctica que España —con toda su posesión estéril— no logró quebrar.

Sin embargo, la paradoja merece atención. La misma globalización que equipara condiciones también concentra talento: las grandes ligas europeas absorben a los mejores jugadores de las selecciones periféricas. Mohamed Salah juega en Inglaterra, Kevin De Bruyne también, Thibaut Courtois en España. La selección belga no pudo superar a Egipto a pesar de contar con futbolistas que compiten semanalmente en los clubes más poderosos del planeta. El empate, en este sentido, no revela tanto la igualación de recursos como la dificultad de traducir el talento individual en colectivo cuando la competencia adopta la lógica del torneo de eliminación indirecta.

Arabia Saudita lo demostró contra Uruguay. El gol de Abdulelah Alamri, aprovechando un rebote de Fernando Muslera, encapsula una verdad recurrente del fútbol mundialista: la concentración defensiva y la eficacia en momentos puntuales pueden neutralizar décadas de tradición competitiva. La Celeste necesitó ochenta minutos para encontrar el empate mediante Maximiliano Araújo. El resultado, justo en términos del juego, deja al grupo H en una situación de radical incertidumbre: cuatro equipos con un punto, ninguno con ventaja definida, todos con posibilidades matemáticas intactas.

La pregunta que surge —y que esta columna no resuelve por completo— es si esta tendencia al empate constituye un bien para el espectáculo o una forma de empobrecimiento. Popper defendía la sociedad abierta como aquella en que las instituciones permiten la corrección de errores sin violencia. En el fútbol, la corrección de errores ocurre en noventa minutos, no en generaciones. El empate masivo puede leerse como una sociedad abierta en miniatura: nadie domina definitivamente, todos conservan opciones, el resultado final posterga la decisión. Pero también puede interpretarse como una pérdida de jerarquías narrativas, de relatos que otorgan sentido a la competencia. El deporte necesita, para ser contado, cierta previsibilidad estructural que luego el azar o la genialidad individual subviertan. Cuando la subversión se generaliza, deja de ser subversión y se convierte en norma.

El Grupo G, con su cuádruple empate a un punto, ilustra el dilema. Irán lidera por diferencia de goles tras un 2-2 contra Nueva Zelanda que el propio reporte de la fuente registra aún como “parcial”. Bélgica y Egipto completan el cuadro de incertidumbre. La lógica del sistema de puntos, diseñada para premiar la victoria, produce aquí una extraña parálisis distributiva: todos ganaron algo, nadie ganó lo suficiente. La segunda jornada adquirirá, en consecuencia, una dimensión casi existencial para las potencias tradicionales. España y Bélgica, en particular, deberán demostrar que su estatus no es una herencia histórica sino una capacidad operativa presente.

Hannah Arendt distinguía entre el poder como capacidad de actuar en conjunto y la violencia como recurso de quienes carecen de poder. En términos futbolísticos, Cabo Verde y Arabia Saudita ejercieron una forma de “violencia” táctica: no dominaron el juego, pero impidieron que el rival lo dominara efectivamente. España, con su posesión ineficaz, tuvo poder sin poderío. La distinción arendtiana resulta útil para comprender lo que ocurrió en esta jornada: el poder futbolístico, entendido como capacidad de imponer un patrón de juego, no se tradujo en resultado. La violencia defensiva, entendida como interrupción del patrón ajeno, resultó suficiente para neutralizarlo.

Los colombianos que seguimos el torneo —y que esperamos el debut de nuestra selección— deberemos observar estos patrones con atención. La tendencia al empate masivo define un escenario en que la primera victoria, cuando ocurra, adquirirá un peso desproporcionado en la configuración de los grupos. En un sistema de tres partidos, el punto de hoy puede ser la salvación de mañana o la trampa que induce a la complacencia. La historia reciente de los mundiales está poblada de selecciones que empataron su debut, avanzaron con dificultad y cayeron en octavos de final contra rivales que habían perdido temprano y reaccionado con urgencia.

El empate, en su neutralidad aparente, es siempre un resultado político: beneficia a quien no esperaba ganar, perjudica a quien no pudo ganar, posterga la definición que el torneo exige. Que tres empates simultáneos configuren la jornada inaugural de una fase de grupos no es anécdota. Es, quizás, el retrato de un fútbol mundial en que las jerarquías se afirman menos en la cancha que en los contratos de patrocinio y los derechos de televisión. La pregunta que dejo planteada —y que solo el desarrollo del torneo podrá responder— es si esa igualdad sustantiva o si, como temía Tocqueville, esconde una nueva forma de conformismo en que nadie pierde del todo y nadie gana del todo, y el espectáculo, privado de vértigo, se vuelve administración previsible del azar.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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