¿Qué lección deja un empate sin goles entre dos equipos que llegan al Mundial con aspiraciones de liderar un grupo donde nadie ha ganado todavía?
La respuesta, observada desde las gradas de un estadio que aún no define su temperatura emocional, apunta hacia una paradoja recurrente en el fútbol contemporáneo: la sobreabundancia de táctica conservadora en momentos que exigen audacia. Suiza y Bosnia, según el registro minuto a minuto del encuentro, disputaron cuarenta y cinco minutos donde el cálculo prevaleció sobre la iniciativa. No es una crítica moral; es una constatación institucional. Ambas selecciones llegan a esta cita después de empatar sus respectivos debutos, condición que las coloca en una zona de incertidumbre donde perder equivale a comprometer seriamente la clasificación.
El fútbol de selecciones nacionales, a diferencia del club donde los procesos se miden en años, opera con la lógica del evento único. Tocqueville, en otro contexto, advertía sobre los peligros de la democracia cuando el corto plazo deforma el juicio político. Mutatis mutandis, el técnico de selección enfrenta una tensión análoga: debe construir resultados inmediatos sin disponer del tiempo necesario para sedimentar estilos de juego. El empate en el debut genera una disyuntiva que pocos resuelven con elegancia. Apostar al triunfo implica riesgo de derrota; apostar al empate implica riesgo de quedar fuera por diferencia de goles. Bosnia y Suiza, en este primer tiempo, parecieron optar por una tercera vía que no existe: no perder sin intentar ganar.
La historia reciente del Mundial ofrece advertencias pertinentes. Equipos que empataron sus dos primeros encuentros y dependieron de resultados ajenos para clasificar rara vez avanzaron con solvencia en octavos de final. La excepción confirma la regla, pero las excepciones requieren de algo que este primer tiempo no exhibió: un momento de individualidad colectiva, ese instante donde el grupo decide que el empate es más peligroso que la derrota potencial. Arendt, reflexionando sobre el totalitarismo, distinguía entre el miedo que paraliza y el coraje que moviliza. El fútbol, menos trágico pero no menos dramático, conoce la misma bifurcación. El miedo a perder produce posesiones estériles; el coraje de arriesgar produce, al menos, la posibilidad de definir.
El Grupo B, con este resultado parcial, mantiene abierta una disputa que ningún equipo ha sabido cerrar. Es posible que el segundo tiempo altere la narrativa; el deporte, afortunadamente, resiste las determinaciones previas. Pero los colombianos que seguimos estos partidos con interés técnico —no partidario, dado la ausencia de nuestra selección— debemos reconocer en este empate una lección aplicable más allá del terreno de juego. Las instituciones, políticas o deportivas, no se fortalecen con la mera conservación de posiciones. Requieren de propósito articulado, de riesgo calculado que no degenere en temeridad pero que tampoco se confunda con inmovilismo.
El gobierno actual, cuando acierta en su política deportiva —y ha habido aciertos puntuales en la infraestructura de base—, lo hace precisamente cuando entiende que invertir en formación implica aceptar resultados mediocres a corto plazo. La oposición, cuando se equivoca, suele hacerlo al exigir resultados inmediatos que el proceso no permite. El fútbol de selecciones, en su microcosmos, replica estas tensiones. Bosnia y Suiza tienen cuarenta y cinco minutos más, y quizá una prórroga, para demostrar que entendieron el torneo que están jugando. El empate técnico puede convertirse en empate estratégico, o en derrota silenciosa. La pelota, como decía un entrenador cuya sabiduría resistió la moda, está redonda; pero el tiempo de juego, en fase de grupos, es el recurso más escaso de todos.