¿Puede un torneo de fútbol fundar una comunidad política, o solo simularla?
La pregunta no es retórica. La FIFA ha decidido que el Mundial 2026 tendrá tres inauguraciones en tres países, cada una con su propia liturgia: el Azteca con Alejandro Fernández y J Balvin, Toronto con Alanis Morissette y Michael Bublé, Los Ángeles con Katy Perry y Lisa del K-pop. No es un partido de apertura, es un espectáculo distribuido. La entidad que preside Gianni Infantino llama a esto “unidad continental y global”. Los griegos habrían dicho synoikismos, la fundación ritual de una ciudad. Pero hay una diferencia decisiva: la polis clásica exigía isonomía, igualdad ante la ley, mientras que aquí la regla es el contrato mercantil.
El formato de 48 selecciones, 12 grupos, tres sedes en dos continentes, responde a una lógica que Tocqueville habría reconocido con inquietud. En La democracia en América advirtió que las sociedades modernas tienden a confundir la igualdad formal con la igualdad real, y que el espectáculo masivo puede sustituir al vínculo cívico. El Mundial ampliado no es más democrático: es más rentable. Cada plaza adicional es un mercado televisivo, cada sede es un acuerdo de patrocinio. La ceremonia triple, lejos de ser un gesto de inclusión, distribuye el capital simbólico con precisión contable.
Infantino dice que Canadá ocupará “su lugar en el mayor espectáculo del fútbol”. La frase es reveladora. No habla de competencia, habla de espectáculo. No de agon, el encuentro entre iguales que fundaba la cultura griega, sino de theatron, el lugar donde se mira. Cuando la FIFA anuncia que Shakira y Burna Boy cantarán Dai Dai como eje de los conciertos previos, lo que ofrece no es una cultura del encuentro sino una cultura del consumo simultáneo. El colombiano que sintonice por Dsports o Gol Caracol no será ciudadano de un acontecimiento común: será espectador de una transmisión que ya fue diseñada para otros mercados.
Esto no es una queja nostálgica. El fútbol profesional nació del espectáculo y no hay pureza que recuperar. Pero sí hay umbrales. Cuando Popper escribió sobre la “sociedad abierta”, pensaba en instituciones que permiten la crítica sin violencia. El deporte, en su mejor versión, era una de esas instituciones: un espacio donde el mérito habla y el origen calla. El Mundial de 48 equipos diluye ese principio. No porque participe Sudáfrica o Bosnia-Herzegovina —cuyos derechos son los mismos que los de Brasil o Alemania—, sino porque la ampliación no responde a criterios deportivos sino a mapas de audiencia.
La ironía está en que el discurso oficial invoca precisamente lo que el formato debilita. “Unidad”, “orgullo”, “conexión entre ceremonias”: son palabras que suenan a Arendt leída de reversa. Ella advertía que el totalitarismo no destruye la verdad, sino que la hace irrelevante sustituyéndola por narrativas coherentes pero ficticias. No estoy sugiriendo que la FIFA sea totalitaria: sería grosero y falso. Pero sí que opera con una lógica que Hannah Arendt habría encontrada familiar: la confusión deliberada entre doxa, la apariencia pública, y aletheia, la verdad desvelada. El trofeo de la Copa del Mundo como “símbolo de unidad” en tres escenografías distintas no es una contradicción resuelta: es una contradicción vendida.
¿Qué le queda entonces al espectador colombiano que el 11 de junio, a las 12:30 p.m., abra la aplicación o encienda el televisor? Le queda, creo, una pregunta incómoda: si el fútbol todavía puede ser, como lo fue en algún momento, una res publica, una cosa pública que nos pertenece, o si ya es solo un producto cuya propiedad nos prestan por noventa minutos. La respuesta no está en la ceremonia, que ya fue producida por Balich Wonder Studio y adecuada para cada mercado. Está en lo que hagamos con ella después de que termine la música.
El México-Sudáfrica del Azteca será, deportivamente, un partido más. Pero simbólicamente es el primero de una era: la del Mundial como franquicia audiovisual. No es peor ni mejor que antes. Es otra cosa, y conviene no confundirlas. Mutatis mutandis, como decían los romanos: cambiando lo que debe cambiarse. Lo que no debe cambiar, si queremos que el deporte siga siendo algo más que entretenimiento, es la capacidad de llamar a las cosas por su nombre. Este es un espectáculo magnífico. Que no nos convenzan de que es una comunidad.