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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 11 jun 2026

El fútbol cabe en un sello de dos centímetros

Una colección del MinTIC revela cómo 23 países plasmaron en estampillas la pasión mundialista, desde el Maracanazo hasta USA 94.

El fútbol cabe en un sello de dos centímetros — Deportes, ilustración editorial

¿Qué queda de una pasión colectiva cuando el objeto que la registra ha dejado de ser útil? El Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones acaba de publicar un libro electrónico que reúne 215 estampillas y 29 hojas filatélicas de 23 países, todas ellas dedicadas a los Mundiales de la FIFA entre 1950 y 2014. El gesto merece detenerse: no por el fútbol en sí, sino por lo que revela sobre cómo las sociedades construyen memoria cuando la tecnología ha hecho obsoleto el soporte.

La filatelia, en su sentido estricto, nació como función postal. El sello pagaba el traslado de una carta; todo lo demás era ornamento. Sin embargo, desde la Black Penny de 1840 —esa primera estampilla británica que cumple hoy 186 años—, los Estados comprendieron que un objeto de franqueo obligatorio podía convertirse en vehículo de soberanía simbólica. Tocqueville habría reconocido aquí uno de esos mecanismos por los cuales las democracias modernas cultivan identidad sin coerción: el ciudadano pega voluntariamente en su correspondencia una miniatura del patrimonio nacional.

El material que los filatelistas Luis Fernando Maguin y Fabio Páez han organizado en las bóvedas del MinTIC ilustra esta lógica con particular claridad. Hay sellos de Brasil que conmemoran el Maracanazo de 1950; estampillas alemanas que celebran el título de 1974; una emisión argentina con el dibujo de un niño saludando la participación en USA 94. Pero lo notable no es la prediccible alineación de campeones. Es, mutatis mutandis, la presencia de naciones que jamás han pisado un Mundial: Afganistán, Andorra, Bangladés, Camboya, el antiguo territorio de los Afars e Issas. El fútbol les era ajeno en términos deportivos, pero el torneo les resultaba indispensable como lengua común del siglo XX.

Arendt, en su análisis del imperialismo, señaló que los eventos de masa generan una realidad ficticia compartida que trasciende las fronteras de la experiencia directa. Las estampillas mundialistas funcionaron como células de esa realidad: un campesino de Burkina Faso o un funcionario de Baréin podían, mediante un sello de pocos centavos, participar simbólicamente de algo que ocurría a miles de kilómetros. La Unión Postal Universal, fundada en 1874, había creado la infraestructura técnica; la FIFA, setenta años después, proporcionó el contenido emocional.

Colombia aparece en esta colección con una ambigüedad que los lectores de cierta edad reconocerán sin esfuerzo. Hay estampillas de torneos en los que participamos y de otros en los que no, como si la distinción entre presencia y ausencia resultara secundaria frente a la necesidad de afiliación. Una emisión andorrana de 1994 ordena las banderas de los grupos; Colombia encabeza la lista. “Y así nos fue”, señala con discreta ironía la leyenda del MinTIC. La frase, breve como un sello, contiene toda una historia de expectativas defraudadas que los colombianos de mi generación preferimos no desarrollar en párrafos extensos.

El cierre del correo postal, anunciado en vida por el email y consumado en la pandemia, no ha matado la filatelia. Ha laicizado su función: de servicio público ha pasado a ser pasatiempo, de pasatiempo a patrimonio cultural mobiliario reconocido por el Ministerio de Cultura. El libro del MinTIC participa de esta transmutación. No busca que volvamos a escribir cartas, sino que comprendamos que los objetos técnicos, cuando sobreviven a su utilidad, adquieren una densidad histórica que los sustitutos digitales aún no han demostrado poseer.

La pregunta que deja esta iniciativa no es filatélica sino civilizatoria: ¿qué legado material legible dejaremos cuando la nube haya disipado los servidores? Un sello de Checoslovaquia de 1962, una hoja de Azerbaiyán de 1994, sobreviven en archivadores porque alguien decidió que valía la pena conservar lo tangible. La memoria, como enseñaba Popper, es función de instituciones que resistan la tentación del presente permanente. Las estampillas mundialistas del MinTIC son, en su modestia, un argumento a favor de esa resistencia.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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