Hay una pregunta que el fútbol colombiano ha evitado durante décadas y que ahora, a pocos días del inicio del segundo semestre de la Liga BetPlay, vuelve a la mesa con la fuerza de ocho firmas: ¿deben los derechos de televisión repartirse como un subsidio igualitario entre todos los clubes, o deben reconocer también el mérito deportivo, la inversión y el respaldo de la afición? América de Cali, Atlético Nacional, Millonarios, Independiente Santa Fe, Junior, Deportivo Cali, Independiente Medellín y Once Caldas han decidido que la respuesta actual —una distribución plana de los ingresos— ya no es sostenible. Y lo han dicho con una claridad que el fútbol profesional colombiano no escuchaba desde hace años: no cederán sus derechos de imagen para el contrato 2027-2030 mientras no exista un acuerdo sobre un nuevo modelo de reparto.
La noticia, reportada por El Frente de Bucaramanga, tiene una lógica económica que trasciende el deporte. El modelo vigente, basado en la igualdad de reparto, fue concebido en su momento como un mecanismo de solidaridad para proteger a los clubes pequeños y garantizar la viabilidad del campeonato. Pero la solidaridad, cuando se convierte en dogma, puede producir el efecto contrario al que busca: desincentivar la inversión, premiar la mediocridad y nivelar hacia abajo. Los ocho clubes argumentan que el sistema actual no reconoce el rendimiento deportivo ni la inversión realizada, y que otras ligas de la región han adoptado esquemas mixtos que combinan la solidaridad con premios al desempeño, lo que ha permitido elevar el nivel de sus competiciones. No es una queja menor: es una crítica al corazón del modelo de negocio del fútbol colombiano.
La Dimayor, convocada a una asamblea extraordinaria para el 29 de julio en Bogotá, tendrá que responder una pregunta incómoda: ¿es posible mantener la unidad del campeonato si los clubes que más aportan al espectáculo —los que llenan estadios, generan audiencias y compiten en torneos internacionales— deciden que ya no están dispuestos a subsidiar a quienes no invierten ni compiten? La respuesta no es sencilla. El fútbol, a diferencia de otros mercados, depende de la incertidumbre del resultado: si solo unos pocos clubes tienen posibilidades reales de ganar, el espectáculo se degrada. Pero si todos reciben lo mismo independientemente de su desempeño, el incentivo para invertir desaparece. Es el dilema clásico entre equidad y eficiencia, que Tocqueville describió en otro contexto: la democracia tiende a la igualdad, pero la igualdad sin mérito puede convertirse en una forma de tiranía de la mediocridad.
Los clubes firmantes han sido cuidadosos en su comunicado. Aclaran que su objetivo no es perjudicar el torneo ni impedir que los hinchas vean los partidos, sino abrir un debate institucional que fortalezca el fútbol colombiano. Es una declaración de buena voluntad, pero también una advertencia: si la Dimayor no abre la discusión, los ocho clubes están dispuestos a bloquear la renovación del contrato con Win Sports, que vence en diciembre de 2026 y cuya prioridad de renovación depende de la aprobación de la asamblea. En otras palabras, los clubes han puesto sobre la mesa una amenaza creíble: sin acuerdo, no hay contrato; sin contrato, no hay recursos; sin recursos, el campeonato se tambalea.
La coyuntura es delicada. El fútbol colombiano atraviesa un momento de transición: la selección nacional ha recuperado protagonismo, pero los clubes siguen lejos de competir con los gigantes de Brasil y Argentina en la Copa Libertadores. La brecha económica es evidente, y los derechos de televisión son una de las pocas fuentes de ingreso que podrían cerrarla. Pero para que eso ocurra, el modelo de reparto debe incentivar la inversión en infraestructura, en canteras, en tecnología y en talento. Si los clubes que más invierten reciben lo mismo que los que menos, el mensaje es claro: no vale la pena esforzarse. Y ese mensaje, a la larga, destruye el producto.
No se trata, sin embargo, de abandonar la solidaridad. Las ligas más exitosas del mundo —la Premier League, la Bundesliga, incluso la Liga española— combinan mecanismos de redistribución con premios al desempeño. La clave está en el equilibrio: una base solidaria que garantice la viabilidad de todos los clubes, y una parte variable que premie el mérito deportivo, la asistencia a los estadios y la generación de audiencias. Ese equilibrio no es fácil de alcanzar, pero es la única vía para que el fútbol colombiano deje de ser un torneo de supervivencia y se convierta en una competencia de excelencia.
La asamblea del 29 de julio será un test de madurez institucional. Si la Dimayor logra abrir una discusión seria, con datos, con transparencia y con voluntad de acuerdo, el fútbol colombiano podrá dar un paso hacia un modelo más competitivo. Si, por el contrario, la discusión se convierte en un choque de egos o en una defensa corporativa del statu quo, el conflicto se prolongará y el perjudicado será el espectáculo. Los ocho clubes han puesto la pelota en movimiento. Ahora corresponde a la Dimayor decidir si quiere jugar o si prefiere seguir pateando el problema hacia adelante. La historia del fútbol colombiano está llena de oportunidades perdidas. Esta no debería ser una más.