Llega el mundial y con él vuelve la pregunta incómoda: ¿quién juega este partido? No los equipos. Los accionistas.
El artículo de Duberney Galvis en El Diario toca un nervio que trasciende los reportes de goles. El fútbol, dice, ha sido capturado por fondos de inversión global que lo transformaron en un activo financiero. El resultado es evidente: millones de aficionados se retiran. Los futbolistas también. La competencia se vuelve secundaria frente a la extracción de valor.
Para quien no sigue el hilo: esto no es nostalgia. Es un diagnóstico sobre cómo el deporte más popular del planeta cambió su estructura de incentivos. Cuando una liga o un torneo dependen de derechos de televisión, patrocinios y compra de clubes por fondos de capital privado, la lógica del juego se redefine. Ya no se trata de ganar. Se trata de maximizar audiencias, de trasladar talentos donde el retorno es mayor, de transformar estadios en plataformas de consumo.
Galvis apunta algo que las crónicas deportivas rara vez abordan: el desgaste emocional del hincha. Cuando tu equipo es propiedad de un fondo estadounidense o de un oligarca ruso, cuando los jugadores son fichas intercambiables en mercados financieros, la identificación se erosiona. El fútbol pierde su capacidad de ser refugio. Se convierte en espectáculo administrado.
¿Importa esto políticamente? Sí. Porque el fútbol es uno de los pocos espacios donde masas de gente se sienten parte de algo colectivo. Cuando ese espacio se privatiza completamente, cuando se vuelve inasequible o cuando pierde autenticidad, se crea un vacío que otros actores políticos saben cómo ocupar. La ira del hinchada, sin canales legítimos, busca salida.
El mundial está cerca. Pero la pregunta de Galvis persiste: ¿a quién le pertenece realmente este juego?