¿Puede una estética convertirse en doctrina? Esa es, en el fondo, la pregunta que plantea la llegada a Colombia del fenómeno tradwife, esa corriente de redes sociales que empaqueta la vida doméstica en videos de cocinas impecables, panes de masa madre y cenas servidas a la hora exacta en que el esposo cruza la puerta. La tentación inicial es despachar el asunto como una curiosidad más del algoritmo, un capítulo tropical de una moda anglosajona. Sería un error. Cuando una decisión privada se disfraza de modelo moral para todas, deja de ser privada y se vuelve política. Y ahí, nos guste o no, entramos en el terreno de la res publica.
Conviene, antes que nada, la precisión. Como documenta un reciente reportaje de la revista Cambio, en Colombia no existe un movimiento tradwife organizado ni con la ambición política que exhiben algunas de sus exponentes en Estados Unidos y el Reino Unido, donde hay creadoras que llegan a cuestionar hasta el sufragio femenino. Lo que circula aquí es más difuso: mensajes que glorifican la maternidad, la feminidad tradicional y el hogar como destino natural de la mujer, a menudo envueltos en lenguaje de propósito, de fe, de realización auténtica. La diferencia importa, porque obliga a discutir no un partido sino un clima.
Y sobre ese clima, la filósofa Giovana Suárez Ortiz formula la distinción decisiva: nadie sensato cuestiona que una mujer decida dedicarse al hogar; el problema aparece cuando esa opción deja de presentarse como una entre muchas y se promociona como la natural, la superior, la verdadera. La distinción es liberal en el sentido más estricto. La libertad individual incluye, por supuesto, la libertad de elegir una vida doméstica, y un conservadurismo consecuente debería ser el primero en defender esa elección frente a cualquier intolerancia progresista que la mire por encima del hombro. Pero la misma libertad exige resistir la operación inversa: la conversión de una biografía en norma. Tocqueville advirtió que las democracias no solo se degradan por la tiranía de los gobiernos, sino por la presión suave de las mayorías que dictan cómo debe vivirse. Mutatis mutandis, una mayoría digital que dicta cómo debe ser una mujer ejerce esa misma presión, solo que con mejor iluminación y música de fondo.
Hay, además, una segunda capa que las investigadoras consultadas por Cambio subrayan con acierto: el trabajo doméstico en redes sociales no se muestra, se escenifica. Mara Viveros, de la Universidad Nacional, lo describe dentro de lo que se ha dado en llamar la femosfera, ese ecosistema donde conviven discursos contrapuestos sobre la feminidad unidos por una habilidad común: transformar estilos de vida en contenido rentable. La crianza, la limpieza y la cocina aparecen editadas sin cansancio, sin conflicto, sin la doble jornada que millones de colombianas conocen demasiado bien. Es el viejo ideal del ángel del hogar victoriano, pasado por el ama de casa de la posguerra americana y devuelto ahora en formato vertical. Hannah Arendt distinguía entre la vita activa y la esfera privada, y advertía lo que ocurre cuando lo privado se convierte en espectáculo público: se politiza sin asumir los costos de la política. La tradwife de TikTok monetiza su sumisión declarada mientras afirma haber renunciado al mundo del trabajo. La paradoja se explica sola: es trabajadora de la imagen que predica la renuncia al trabajo.
Ahora bien, la honestidad intelectual exige preguntarse por qué este discurso encuentra eco, y aquí la respuesta no es el resurgimiento del conservadurismo sino el agotamiento. Colombia es un país donde millones de mujeres sostienen jornadas dobles y triples: empleo precario afuera, trabajo de cuidado no remunerado adentro, y una infraestructura pública de cuidado que sigue siendo una promesa de discurso más que una realidad. Ante ese desgaste, la promesa de una vida pausada y ordenada no es una aberración ideológica; es un síntoma. Quien se indigna con las tradwives pero guarda silencio sobre la precarización laboral, la ausencia de jardines infantiles y la distribución desigual del cuidado está tratando el síntoma y abandonando la enfermedad. El liberalismo serio no se contenta con denunciar la estética: pregunta por las condiciones materiales que la hacen seductora.
Esa es, precisamente, la tarea que este fenómeno le encarga al debate público colombiano. No prohibir, no ridiculizar, no organizar cruzadas culturales contra señoras que hornean pan frente a una cámara. La respuesta liberal a un discurso que idealiza la dependencia económica femenina no es la censura sino la construcción de alternativas reales: mercados laborales que no castiguen la maternidad, corresponsabilidad efectiva en el cuidado, y una cultura que entienda que el trabajo doméstico es trabajo, valioso y digno, pero que la dependencia económica total, elegida o impuesta, tiene costos que ningún filtro de Instagram muestra. La historia del siglo XX enseña que los retrocesos en derechos rara vez llegan con botas; llegan con nostalgia, con estética, con la promesa de un orden perdido que nunca existió tal como se recuerda.
La pregunta que queda no es si una mujer puede elegir el hogar. Puede, y esa libertad es intocable. La pregunta es si una sociedad que no ha resuelto el cuidado puede permitirse el lujo de confundir el agotamiento con la vocación. Mientras la respuesta siga pendiente, los delantales seguirán acumulando reproducciones, y la libertad, como siempre, dependerá de quienes se nieguen a convertir la necesidad en virtud.