La vulnerabilidad climática de Colombia frente a fenómenos globales vuelve a exponerse en un diagnóstico que trasciende el debate de política monetaria: según análisis de Citi, un posible episodio de El Niño a finales de este año podría inyectar entre 2 y 3,26 puntos porcentuales adicionales a la inflación nacional en un horizonte de seis meses. La cifra coloca a Colombia como la economía más expuesta de la región, por delante de México, Brasil y Perú.
El fenómeno no es nuevo en los ciclos económicos colombianos. El Niño genera sequías que comprimen la oferta agrícola y energética, dos pilares de la estructura de costos domésticos. Cuando llueve menos, los embalses hidroeléctricos descienden, lo que eleva el costo de la electricidad. Simultáneamente, la producción de alimentos se contrae, presionando precios en la canasta básica. Ambos canales impactan directamente el índice de precios al consumidor (IPC), especialmente en rubros como energía, alimentos y transporte.
Lo preocupante es el timing. Colombia ya enfrenta una inflación estructuralmente más alta que sus pares regionales. Si el Banco de la República (BR) ha logrado anclar expectativas inflacionarias alrededor del 3%, un choque de oferta de esa magnitud podría revertir meses de consolidación. Peor aún: mientras el BR mantenga tasas de interés de referencia en niveles restrictivos para contener presiones de demanda, un shock de oferta pura —como el que genera El Niño— no se resuelve con política monetaria contractiva. De hecho, subirla más podría profundizar la recesión sin resolver el problema de raíz.
Por qué Colombia es el eslabón débil
La vulnerabilidad relativa de Colombia frente a México, Brasil y Perú obedece a varios factores estructurales. Primero, la dependencia energética: Colombia genera cerca del 65% de su electricidad con fuentes hídricas, según datos del Ministerio de Minas y Energía. México diversificó hace años hacia gas natural y energías renovables. Brasil, con su matriz de hidroeléctrica complementada por termoeléctrica y biocombustibles, tiene mayor flexibilidad. Perú, aunque también depende de hidroelectricidad, tiene menor demanda industrial relativa.
Segundo, la estructura agrícola. Colombia no es exportador neto de alimentos como Brasil o Argentina, pero la producción doméstica de café, plátano, arroz y papa es crítica para la canasta del consumidor urbano. Una sequía golpea directamente los precios internos sin compensación por exportaciones. En Brasil, aunque El Niño afecte cultivos, la escala de exportación de soja y azúcar genera ingresos en divisas que pueden amortiguar el impacto inflacionario doméstico.
Tercero, la inflexibilidad fiscal. Colombia enfrenta restricciones presupuestarias que limitan su capacidad para subsidiar energía o alimentos durante crisis climáticas, a diferencia de algunos pares que tienen mayor espacio fiscal. Durante El Niño 2015-2016, el gobierno colombiano tuvo que recurrir a racionamientos y aumentos tarifarios, amplificando el impacto en el bolsillo de los hogares.
Implicaciones para la política monetaria
El escenario que plantea Citi genera un dilema para el Banco de la República. Si la inflación sube 3 puntos por El Niño, el BR podría verse presionado a mantener o incluso elevar tasas de interés, lo que encarecería el crédito justo cuando la economía podría estar desacelerándose por otros factores (debilidad fiscal, incertidumbre regulatoria, contracción del consumo). Esto crearía un ciclo perverso: tasas altas frenan inversión, el crecimiento se ralentiza, pero la inflación de oferta persiste.
La alternativa —aceptar temporalmente una inflación más alta— requiere que el BR comunique claramente que se trata de un choque transitorio, no de una pérdida de ancla de expectativas. Si los agentes económicos pierden confianza en que la inflación volverá al rango meta después del evento, podrían acelerar ajustes de precios anticipados, perpetuando la presión inflacionaria.
Qué debe hacer el gobierno
Más allá de la política monetaria, el gobierno debe prepararse para mitigar el impacto. Esto incluye: (i) fortalecer la capacidad de almacenamiento de agua en embalses durante épocas de lluvia; (ii) diversificar la matriz energética hacia renovables no climáticas (solar, eólica); (iii) mejorar la infraestructura de riego agrícola para reducir dependencia de precipitaciones naturales; (iv) diseñar fondos de estabilización de precios de alimentos que no generen distorsiones de mercado permanentes.
El diagnóstico de Citi no es catastrofista, pero sí es una llamada de atención. Colombia no puede seguir siendo rehén de ciclos climáticos globales. La adaptación requiere inversión pública en infraestructura, diversificación económica y, sobre todo, coherencia entre política monetaria, fiscal y sectorial. Sin eso, cada El Niño será una crisis, no una variación manejable.