Edición N.º 2713 Jueves, 4 de junio de 2026 · Bogotá
· · Iniciar sesión Suscribirse
La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Mercados · Análisis · 2 jun 2026

El Niño regresa a la bolsa energética cuando Colombia necesita estabilidad

Los precios de electricidad tocan máximos anuales en junio. El fenómeno climático amenaza con presionar costos de producción y competitividad industrial en plena desaceleración.

El Niño regresa a la bolsa energética cuando Colombia necesita estabilidad — Mercados, ilustración editorial

La bolsa de energía colombiana cerró mayo con un promedio de $833 por kilovatio hora, cifra que marca el piso de una tendencia alcista que los analistas ya atribuyen a la incorporación de expectativas sobre El Niño en la formación de precios. No es un movimiento especulativo aislado: es la anticipación racional de una realidad hidrológica que ha golpeado repetidamente la economía nacional.

Cuando el clima se convierte en riesgo de mercado

El fenómeno de El Niño reduce precipitaciones en la región andina, lo que disminuye la capacidad de generación hidroeléctrica. Colombia depende de esa fuente para aproximadamente el 65% de su matriz energética, según datos del Ministerio de Minas y Energía. Cuando llueve menos, la oferta se contrae, los precios suben, y la cadena de efectos se propaga: industria paga más, competitividad se erosiona, inflación presiona hacia arriba.

El episodio anterior de El Niño (2023-2024) dejó lecciones incómodas. Los precios en bolsa alcanzaron máximos históricos, obligaron a subsidios fiscales para contener tarifas residenciales, y generaron volatilidad en los costos de producción de sectores intensivos en energía como textiles, químicos y alimentos procesados. Empresas que operan en márgenes ajustados vieron comprometida su rentabilidad.

Esta vez, el mercado se adelanta. Los operadores ya están descontando una menor disponibilidad hídrica en los próximos meses, lo que explica por qué junio abre con máximos anuales sin que aún se haya materializado el fenómeno en toda su intensidad.

La trampa de la volatilidad energética

Para un país que intenta atraer inversión extranjera directa en manufactura y que compite en mercados globales con márgenes comprimidos, esta volatilidad es un impuesto invisible sobre la competitividad. Un exportador colombiano de confecciones o productos químicos no puede trasladar completamente a sus clientes externos un aumento de 40% en costos energéticos sin perder cuota de mercado.

El problema se agudiza porque Colombia no ha diversificado suficientemente su matriz. Aunque hay avances en energías renovables (solar y eólica), la participación aún es marginal. Según el Banco Interamericano de Desarrollo, las renovables representan menos del 3% de la generación nacional. Mientras tanto, la dependencia de la hidroelectricidad sigue siendo estructural.

Esto contrasta con economías vecinas que han acelerado transiciones energéticas. Brasil, por ejemplo, ha invertido agresivamente en eólica offshore y biomasa, reduciendo su vulnerabilidad a ciclos climáticos. Perú ha diversificado hacia gas natural. Colombia sigue atrapada en un modelo que la expone a choques climáticos cada vez más frecuentes.

Implicaciones para el sector real

Los analistas de renta variable ya están revisando proyecciones de ganancias para empresas intensivas en energía. Cementos, acero, químicos y textiles enfrentan presión sobre márgenes operativos. Las utilities (generadoras y distribuidoras) podrían beneficiarse de precios más altos, pero ese beneficio es temporal: si los precios suben demasiado, el gobierno interviene con subsidios o regulación de precios, lo que erosiona rentabilidad.

Para el consumidor residencial, el efecto es más directo: tarifas más altas. El gobierno ya subsidia parcialmente la electricidad para estratos bajos, lo que genera presión fiscal. Si El Niño se materializa con intensidad, esos subsidios tendrían que aumentar, compitiendo con presupuesto para educación, salud o infraestructura.

La ventana que se cierra

Colombia tiene una ventana de tiempo limitada para actuar. Mientras El Niño aún es una expectativa de mercado, no una realidad consumada, hay espacio para decisiones: acelerar subastas de renovables, flexibilizar regulación para que distribuidoras inviertan en almacenamiento, o negociar importaciones de energía con Ecuador y Perú en caso de emergencia.

Lo que no puede hacer es seguir operando con la misma estructura de riesgo. Cada ciclo de El Niño que pase sin diversificación energética real es una oportunidad perdida. Y los precios de junio son un recordatorio de que el mercado ya está cobrando ese costo.

Fuente: La República

Espacio publicitario 728 × 120
Columnista de La Bitácora

Andrés Felipe Torres Quintana

42 años, Bucaramanga. Economista UIS con maestría en Relaciones Internacionales del Externado. 10 años en consultoría de riesgo político.

Ver todas sus columnas

La conversación

Para participar en la conversación necesitás registrarte como lector. Sin contraseñas — un enlace al correo y entrás.

Registrarme para comentar

Sé el primero en comentar.