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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Mercados · Análisis · 11 jun 2026

El peso se aprecia mientras el mercado descuenta un giro político

La caída del dólar a mínimos de 2019 refleja expectativas electorales y flujos externos, pero la volatilidad persiste ante la incertidumbre fiscal y geopolítica.

El peso se aprecia mientras el mercado descuenta un giro político — Mercados, ilustración editorial

El dólar estadounidense rompió esta semana la barrera psicológica de los $3.500 en la Bolsa de Valores de Colombia, alcanzando su nivel más bajo desde octubre de 2019. Este hito, que sitúa a la divisa en $3.490, no es simplemente un ajuste técnico ni una consecuencia exclusiva de los datos macroeconómicos globales. Es, ante todo, un voto de confianza anticipado del capital financiero frente a la segunda vuelta presidencial del 21 de junio. Para una economía abierta como la colombiana, entender este movimiento exige separar el ruido coyuntural de las señales estructurales que están reconfigurando la prima de riesgo soberano.

La política como determinante cambiario

Aunque los analistas de mercado citan factores externos como el Índice de Precios al Productor (IPP) de Estados Unidos o las tensiones en Medio Oriente, la variable dominante es local. La apreciación del peso coincide con encuestas que favorecen al candidato conservador Abelardo De la Espriella y con señales explícitas de respaldo desde Washington. En los mercados emergentes, los tipos de cambio funcionan como termómetros de la credibilidad institucional futura. Cuando los inversionistas anticipan un retorno a la ortodoxia fiscal y a una relación atlantista más predecible, el flujo de capitales se acelera antes de que se materialice cualquier cambio de gobierno.

Esta dinámica confirma que la tasa de cambio en Colombia ha dejado de ser solo un reflejo de los términos de intercambio petroleros para convertirse en un activo político. La cautela electoral mencionada por los operadores no es miedo, sino posicionamiento. El mercado está descontando una reducción en la probabilidad de intervenciones estatales discrecionales y una mayor independencia del Banco de la República. Sin embargo, esta euforia preventiva tiene un reverso peligroso: si el resultado electoral sorprende o si la transición genera fricciones institucionales, la corrección podría ser tan veloz como la apreciación actual.

Factores externos y la trampa del petróleo

No podemos ignorar el contexto hemisférico. La Reserva Federal mantiene una postura restrictiva ante un mercado laboral estadounidense que, aunque muestra grietas con 229.000 solicitudes de desempleo, sigue resiliente. Paradójicamente, un dólar global fuerte no se ha traducido en depreciación local, lo que subraya la fuerza de los factores idiosincráticos colombianos. Además, el crudo Brent cotiza cerca de los 93,6 dólares por barril, presionado por la retórica bélica contra Irán. Históricamente, un petróleo alto ayuda al peso vía exportaciones, pero en la era de la transición energética y la volatilidad geopolítica, este ingreso de divisas es menos predictivo que la confianza en la regla fiscal.

La tensión en Medio Oriente y la posible escalada militar añaden una capa de riesgo que los mercados andinos no pueden subestimar. Si bien el conflicto podría elevar temporalmente los precios del crudo y fortalecer al peso, también encarece los fletes y los seguros marítimos, afectando la competitividad de nuestras exportaciones no tradicionales. La fortaleza actual del peso, por tanto, no debe leerse como una señal de inmunidad frente a los choques externos, sino como una ventana de oportunidad condicionada a la estabilidad interna.

Señales para la región andina

Para los socios comerciales de Colombia y los inversionistas regionales, este comportamiento cambiario envía un mensaje claro: la prima de riesgo político en los Andes sigue siendo alta y volátil. La apreciación del peso beneficia a los importadores y a quienes tienen deudas en dólares, aliviando presiones inflacionarias en bienes transables. No obstante, para el sector exportador y el turismo, un dólar por debajo de $3.500 erosiona márgenes en un momento donde la competitividad depende más de la productividad que de la devaluación.

La lección para Bogotá y Brasilia es que la estabilidad macroeconómica en la década de 2020 depende tanto de la gestión técnica como de la claridad geopolítica. Los mercados premian la alineación con estándares institucionales y sancionan la ambigüedad. Mientras el dólar toque mínimos de siete años, la tarea del próximo gobierno será convertir esta confianza especulativa en inversión productiva real. De lo contrario, habremos cambiado volatilidad cambiaria por estancamiento estructural, y ninguna tasa de cambio baja compensa la pérdida de crecimiento potencial.

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Columnista de La Bitácora

Andrés Felipe Torres Quintana

42 años, Bucaramanga. Economista UIS con maestría en Relaciones Internacionales del Externado. 10 años en consultoría de riesgo político.

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