El cierre del dólar a $3.287,60 este 9 de julio marca un hito técnico: la divisa regresó a niveles no observados desde 2020. Sin embargo, celebrar esta apreciación del peso colombiano sin matices sería un error de diagnóstico. Mientras la tasa de cambio muestra fortaleza nominal, los fundamentos macroeconómicos envían señales contradictorias que obligan a la prudencia. La inflación anual se aceleró a 6,14% en junio, su nivel más alto desde julio de 2024, y el entorno externo sigue marcado por la incertidumbre geopolítica y monetaria.
Para los agentes económicos en Colombia, esta disonancia entre un dólar bajo y una inflación persistente no es una buena noticia automática. Es, más bien, un recordatorio de que la estabilidad cambiaria actual podría ser frágil si no se ancla en fundamentos fiscales y monetarios sólidos. Desde una perspectiva atlantista y de mercado, la apreciación del peso debe leerse como un fenómeno transitorio condicionado por flujos de capital especulativo y coyunturas externas, más que como un reflejo de una mejora estructural en la competitividad colombiana.
La trampa de la inflación de servicios
El dato más preocupante del reciente informe del DANE no es solo el nivel general del Índice de Precios al Consumidor (IPC), sino su composición. La variación mensual de 0,39% estuvo impulsada principalmente por el componente de servicios. A diferencia de los bienes transables, cuya inflación puede moderarse con un dólar barato y competencia internacional, la inflación de servicios es endógena y difícil de controlar con política cambiaria.
Esto pone al Banco de la República en una posición delicada. Si bien la apreciación del peso ayuda a anclar expectativas en bienes importados, no resuelve las presiones de costos internos. Mantener una tasa de interés restrictiva por más tiempo podría ser necesario, lo que a su vez sostiene el diferencial de tasas frente a la Reserva Federal y atrae capitales golondrina. Es un círculo virtuoso en el corto plazo, pero riesgoso si la actividad económica se desacelera sin que la inflación ceda. La credibilidad del emisor depende de no cantar victoria prematura ante un dólar que, paradójicamente, podría estar ocultando desequilibrios internos.
El factor Washington y la geopolítica del riesgo
La dinámica cambiaria colombiana no puede desligarse de lo que ocurre en Estados Unidos. La expectativa de que la Reserva Federal no recortará tasas en lo que resta de 2026 actúa como un techo para la depreciación del peso, pero también como una fuente de volatilidad latente. Cualquier sorpresa en los datos de empleo o inflación estadounidense puede revertir rápidamente los flujos hacia activos seguros.
Además, la tensión en Medio Oriente tras el fin del memorando de entendimiento entre Washington y Teherán reintroduce una prima de riesgo geopolítico. Aunque el Fondo Monetario Internacional ajustó su previsión de crecimiento global a 3,0% para 2026, los mercados de commodities siguen sensibles. Para Colombia, esto significa que la bonanza de precios de exportación que ha apoyado al peso podría verse interrumpida por choques de oferta energética, generando movimientos bruscos en la tasa de cambio.
Volatilidad como nueva normalidad
Los analistas de Grupo Cibest proyectan un rango entre $3.400 y $3.580 para el tercer trimestre, lo que implica que el nivel actual de $3.287 está por debajo del equilibrio estimado. Esta divergencia sugiere que el mercado podría estar sobrerreaccionando a la baja, creando oportunidades de corrección al alza.
Desde la óptica del libre comercio y la integración hemisférica, la volatilidad es más dañina que el nivel mismo de la tasa. Las empresas exportadoras y los importadores de insumos requieren previsibilidad para planificar. Un dólar que oscila 100 pesos en cuestión de días erosiona márgenes y desincentiva la inversión productiva, independientemente de si la tendencia es alcista o bajista.
La fortaleza actual del peso, que acumula una caída de 11,64% en el año, es un alivio temporal para el consumidor y para el servicio de la deuda externa. Pero sin reformas estructurales que mejoren la productividad y sin una regla fiscal creíble que disipe dudas sobre la sostenibilidad de las finanzas públicas, esta apreciación será tan efímera como la calma antes de la tormenta. Los inversionistas internacionales miran a Colombia con interés, pero también con escepticismo; mantener su confianza requiere más que un dólar bajo: exige coherencia macroeconómica en un entorno global que no perdona improvisaciones.