El 9 de junio, según reportó Infobae Colombia, el presidente Gustavo Petro publicó en su cuenta oficial de X la expresión “Heil Hitler” como respuesta a una columna del periodista Felipe Zuleta sobre el candidato Abelardo de la Espriella. Horas después, el propio mandatario intentó reencuadrar el mensaje en otro trino y sostuvo que su intención era mostrar que el artículo, a su juicio, “ha pasado de liberal a apoyar frases fascistas como ‘por la razón o por la fuerza’”, y agregó que “si se usa la fuerza sin la razón estás en pleno nazismo”.
Dejemos las cosas en su sitio. Según Infobae, la publicación se hizo desde la cuenta oficial de la Presidencia, no desde un perfil personal. Ese dato cambia la naturaleza del hecho: no se trata de un ciudadano que opina en redes, sino del jefe del Estado colombiano utilizando un canal institucional para escribir un saludo asociado al régimen que ejecutó el Holocausto. La pregunta razonable es si cualquier explicación posterior, por larga que sea, alcanza para neutralizar el peso simbólico de esa elección.
El gobierno presentó la expresión como un recurso pedagógico, una forma de denunciar lo que el presidente califica de fascismo en una columna de opinión. Es una pretensión interpretativa que el lector puede aceptar o rechazar, pero que no modifica el hecho bruto: en la pantalla apareció la fórmula textual. Como consignó Infobae, “figuras nacionales e internacionales han rechazado la expresión utilizada por el mandatario colombiano”. Atribución sobre la cual corresponde reflexionar: cuando el repudio cruza fronteras, el episodio deja de ser una disputa doméstica de trinos.
La columna de Zuleta criticaba al candidato De la Espriella. Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con esa crítica, pero esa discusión es distinta. El punto que queda instalado no es quién tiene razón sobre De la Espriella, sino qué estándar de lenguaje público tolera la primera magistratura. Las palabras de un presidente no se leen en el vacío: se leen en un país con las víctimas que tiene, con la historia que carga y con una opinión pública que registra cada mensaje.
Hay aquí al menos dos planos que conviene separar. El primero es simbólico. ¿Tiene algún efecto útil invocar el saludo del nacionalsocialismo para descalificar una columna periodística? La evidencia histórica indica que el símbolo arrastra una carga que ninguna glosa posterior reduce. Cuando un jefe de Estado lo emplea como adjetivo de trinchera, el costo lo paga la conversación pública, no la columna que se pretendía responder.
El segundo plano es institucional. La cronología, tal como la reconstruyó Infobae, muestra un primer mensaje y, horas después, una justificación. ¿Qué dice esa secuencia sobre el proceso de decisión que produjo la publicación original? ¿Pasa por algún filtro interno un texto del presidente de la República? Las respuestas a estas preguntas importan más que el contenido del debate sobre Zuleta, porque tocan el funcionamiento de la Casa de Nariño.
La oposición y la prensa independiente tienen aquí una tarea clara: condenar el símbolo sin convertir esa condena en cortina de humo que evite discutir la columna que motivó la respuesta. Criticar a un columnista es legítimo; invocar a Hitler, según la lectura que el propio gobierno propone, no lo es. Esa distinción debe sostenerse con rigor, sobre todo cuando viene de quienes suelen exigir ese mismo rigor al poder.
Colombia no necesita presidentes que cada mañana expliquen qué quisieron decir la noche anterior. Necesita un gobierno que entienda que las palabras de un jefe de Estado son patrimonio público y se leen en un país con la memoria que tiene. Corregir la deriva no es una opción estética: es una obligación republicana que, según la cobertura de Infobae, este episodio vuelve a poner sobre la mesa.