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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Mercados · Análisis · 1 jun 2026

El próximo gobierno hereda una economía de consumo sin ancla fiscal

Colombia enfrentará en 2026 un crecimiento impulsado por demanda interna pero lastrado por un déficit fiscal histórico que limita márgenes de maniobra en política monetaria y gasto social.

El próximo gobierno hereda una economía de consumo sin ancla fiscal — Mercados, ilustración editorial

La transición presidencial de 2026 no será una simple ceremonia de traspaso. Quien ocupe la Casa de Nariño recibirá una economía con dos caras: una de corto plazo que luce resiliente, otra estructural que demanda decisiones incómodas sobre sostenibilidad fiscal.

El crecimiento colombiano de estos años ha descansado principalmente en el consumo privado. Eso tiene un lado positivo: empleo, recaudos tributarios, demanda de servicios. Pero también una fragilidad evidente. Cuando el consumo es el motor principal y no va acompañado de inversión productiva o exportaciones diversificadas, la economía se vuelve vulnerable a choques externos (tasas de interés globales, precios de materias primas) y a cambios en la confianza del consumidor.

El déficit fiscal como ancla

El dato más preocupante no es el crecimiento, sino el déficit fiscal. Colombia heredará uno de los más altos de su historia reciente. Para dimensionarlo: según proyecciones de organismos multilaterales, el déficit fiscal podría rondar entre 5 y 6 por ciento del producto interno bruto (PIB) en 2026, dependiendo de cómo cierren las cuentas en los últimos meses de la administración actual. Eso es significativamente superior al promedio histórico de 3 por ciento que Colombia mantuvo en la década anterior.

Este desequilibrio tiene consecuencias directas. Primero, restringe el espacio fiscal del próximo gobierno. No podrá aumentar significativamente el gasto sin aumentar impuestos o endeudarse más. Segundo, presiona sobre la deuda pública. Si el déficit se mantiene en estos niveles, la relación deuda-PIB seguirá creciendo, lo que eventualmente eleva el costo de financiamiento del Estado y reduce calificaciones crediticias.

Comparación regional y contexto atlántico

En perspectiva regional, Colombia no está sola en este dilema, pero sí está en posición más vulnerable que sus pares. Chile mantiene un déficit estructural menor (cercano a 2 por ciento del PIB), aunque enfrenta presiones similares de gasto social. Perú ha logrado consolidación fiscal más agresiva tras las turbulencias políticas de 2022-2023. Brasil, con un déficit similar al colombiano, tiene el respaldo de una economía más diversificada y un banco central con mayor credibilidad anti-inflacionaria.

Para Washington, esto importa. Un déficit fiscal alto en Colombia limita la capacidad de respuesta ante choques geopolíticos en la región (Venezuela, migración, narco-tráfico). También afecta la percepción de riesgo-país, lo que encarece el financiamiento externo y reduce el apetito de inversión estadounidense en sectores no extractivos.

El consumo como ilusión óptica

Aquí radica la paradoja que el próximo gobierno deberá resolver. El consumo que impulsa el crecimiento actual está parcialmente financiado por endeudamiento público, no por productividad. Eso es insostenible. En algún momento, el ajuste llega: o por vía de aumento de impuestos (políticamente difícil), o por vía de reducción de gasto (socialmente difícil), o por vía de inflación que erosione ingresos reales (económicamente peligroso).

Las opciones no son agradables. Un aumento tributario en contexto de crecimiento moderado podría desacelerar la economía. Un corte de gasto en educación, salud o infraestructura genera resistencia política inmediata. La inflación, aunque controlada por el Banco de la República, sigue siendo un riesgo si el déficit fiscal presiona sobre demanda agregada.

Qué esperar en 2026

El próximo gobierno tendrá que elegir. Puede optar por un ajuste gradual (aumento de impuestos moderado + reducción de gasto discrecional), lo que probablemente ralentice el crecimiento pero preserva estabilidad. O puede intentar un crecimiento acelerado mediante inversión pública, apostando a que la productividad futura compense el déficit actual. Esta segunda opción es más riesgosa en un contexto de tasas de interés globales elevadas.

Lo que no puede hacer es mantener el status quo. Los mercados financieros, agencias calificadoras y organismos multilaterales ya están atentos. Colombia aún tiene acceso a financiamiento internacional a tasas manejables, pero ese acceso no es ilimitado ni permanente.

El consumo que hoy impulsa el crecimiento es real, pero frágil. Construir sobre él sin resolver el déficit fiscal es construir sobre arena. El próximo gobierno lo sabe, aunque prefiera no decirlo en campaña.

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Columnista de La Bitácora

Andrés Felipe Torres Quintana

42 años, Bucaramanga. Economista UIS con maestría en Relaciones Internacionales del Externado. 10 años en consultoría de riesgo político.

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