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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 13 jun 2026

El regreso de Turquía y la rutina de Australia miden fuerzas en Vancouver

Veinte años después, los turcos vuelven a un Mundial. Los australianos, en su sexta aparición consecutiva, ya saben lo que cuesta repetir.

El regreso de Turquía y la rutina de Australia miden fuerzas en Vancouver — Deportes, ilustración editorial

¿Qué pesa más en un torneo de eliminación directa: la frescura de quien regresa tras dos décadas de ausencia, o la callada eficiencia de quien nunca deja de estar?

Australia y Turquía se enfrentan en el BC Place de Vancouver con respuestas distintas a esa pregunta. Los Socceroos disputan su sexta Copa del Mundo consecutiva, una racha que solo ocho selecciones en el mundo pueden ostentar. Los turcos, en cambio, vuelven a escena tras ausentarse de cuatro ediciones seguidas: su última imagen mundialista data de Corea-Japón 2002, cuando un equipo dirigido por Şenol Güneş alcanzó las semifinales y dejó, para siempre, la frase de Rıdvan Dilmen sobre el “corazón turco”. Han pasado veinte años. La memoria del fútbol es corta; la de los pueblos, menos.

La trayectoria previa de ambos equipos sugiere tensiones opuestas. Australia llega con dos resultados adversos en amistosos recientes: empate con Suiza, derrota ante México. Tony Popovic, el entrenador, debe conjurar la ansiedad que produce toda racha negativa antes de un certamen. No hay peor momento para dudar que en la semana que antecede al primer pitazo. Sin embargo, la experiencia acumulada por esta generación —con Mathew Ryan en el arco, Jackson Irvine en el mediocampo, Harry Souttar en la zaga— funciona como amortiguador institucional. Saben qué esperar de un Mundial porque ya han vivido varios. Eso no garantiza victoria, pero reduce la variabilidad del error nervioso.

Turquía presenta el perfil invertido. Su clasificación fue sólida: segundo lugar detrás de España en un grupo exigente. Vincenzo Montella ha construido un equipo donde Arda Güler emerge como figura conducente, en esa tradición de mediapuntas turcos que van desde Hakan Şükür hasta Hakan Çalhanoğlu. Sin embargo, la falta de rodaje en finales internacionales es un dato que no se resuelve con talento individual. Hannah Arendt escribió sobre la banalidad del mal; en el fútbol, quizás, deberíamos hablar de la banalidad del pánico colectivo cuando un equipo no sabe cómo comportarse bajo presión desconocida. Güler puede ser excepcional; la estructura que lo rodea aún debe demostrarlo.

El Grupo D, por cierto, ya tiene un líder sorpresivo. Estados Unidos derrotó a Paraguay en la primera fecha, lo que condiciona las cuentas de los demás. Australia y Turquía juegan, en rigor, contra el reloj del torneo: perder implica depender de terceros, empatar deja todo en suspenso, ganar permite proyectar con autonomía. La lógica de los tres puntos, instaurada en 1994, ha convertido cada debut en una final adelantada. No siempre fue así; los empates valían más en eras anteriores, y los equipos podían construir estrategias de puntos sin la urgencia actual. La FIFA, mutatis mutandis, optó por el espectáculo sobre la prudencia. Los estrategas deben adaptarse.

¿Qué esperar del partido? Australia tenderá a lo que conoce: organización defensiva, transiciones rápidas, aprovechamiento de balones parados. Turquía intentará imponer un ritmo más asociativo, con Güler como eje de rotación. El estadio de Vancouver, con su techo retráctil y su historia de partidos memorables de la Copa Femenina 2015, será testigo de un choque entre concepciones del tiempo futbolístico: la paciencia de quien espera su momento contra la urgencia de quien debe demostrar que su ausencia fue injusta.

El fútbol, como la política, premia a veces la continuidad y a veces la interrupción. Los australianos representan la primera; los turcos, la segunda. No hay lección general aplicable. Solo queda el partido, y la pregunta que sobrevive al pitazo final: ¿qué selección habrá construido una identidad sólida para los dieciseisavos, y cuál habrá descubierto que veinte años son, en efecto, muchos años?

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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