Un retrato presidencial, una cifra de contratación y un cruce de insultos en X. La discusión desatada entre el presidente saliente Gustavo Petro y la exsenadora María Fernanda Cabal a propósito del cuadro que quedará en el corredor de exmandatarios de la Casa de Nariño condensa, en pocos mensajes, lo que ha sido el estilo del gobierno que termina y el de la oposición que lo enfrentó.
Según la información publicada por Infobae, el Departamento Administrativo de la Presidencia adjudicó el 3 de julio de 2026 un contrato por 75 millones de pesos al artista Luis Jaime Rojas Rodríguez para la ejecución del retrato oficial de Petro. Un día antes, el 2 de julio, se había adjudicado otro contrato por 45,5 millones a Ada Ruth Margarita Ariza Aguilar para el retrato de la vicepresidenta Francia Márquez, en óleo sobre lienzo. Ambos procesos aparecen en la plataforma de contratación estatal, como recordó el medio.
Cabal calificó la pieza como el “retrato de un inútil” y cuestionó su costo. Petro respondió que el insulto obedece a que, según su lectura, no destinó recursos del Estado a subsidiar a sus hijos, y sostuvo que esos mismos recursos se usaron para sacar de la pobreza a siete millones de personas. El intercambio escaló hasta la pregunta retórica “¿Qué inútil, verdad?”.
Hay tres asuntos que conviene separar. El primero es el del procedimiento: la tradición de colgar los retratos de los expresidentes en la Casa de Nariño no es un invento de este gobierno. Petro lo recordó al señalar que la práctica lleva décadas. Eso no exime de revisar el contrato, su objeto, la idoneidad del contratista y el cumplimiento de los principios de la contratación pública. Pero sitúa la discusión en un patrón histórico, no en una excepción.
El segundo es el del costo. 75 millones de pesos por un retrato oficial es una cifra que admite comparación con encargos similares en gobiernos anteriores. La pregunta concreta que el propio Petro planteó sobre cuánto costó el cuadro de Iván Duque es válida y debería responderse con documentos, no con tweets. Ahí la exsenadora Cabal, si quería convertir la crítica en un caso de fiscalización, tenía la vía expedita: pedir el contrato, los estudios previos, las cotizaciones y la justificación del valor. El insulto le sirvió para la tribuna digital, pero no para el expediente.
El tercero es el del lenguaje. Un jefe de Estado saliente que cierra su gestión contestando un agravio con otro agravio, apelando a los hijos de su contradictora, no está a la altura del cargo que dejará el 7 de agosto. La baja al tono personal ha sido una constante de este gobierno en redes sociales, y es una de las razones por las que buena parte de la conversación pública se libra en el barro y no en los datos.
La misma lógica aplica del otro lado. Cabal, en su condición de exsenadora y posible candidata, tiene legítimo derecho a cuestionar el gasto público. Pero insultar al presidente por su retrato no es fiscalizar: es incendiar. La fiscalización requiere Secop abierto, conceptos técnicos y denuncias ante los organismos de control, no epítetos en 280 caracteres.
El retrato de Petro se instalará en el pasillo presidencial cuando se exhiban también los de Carlos Nieto y José María Melo, como anunció el propio mandatario. Esa es una decisión que corresponde a la Casa de Nariño, no a las redes. La obra, más temprano que tarde, será juzgada por su valor artístico y por la lectura que cada generación haga del periodo que representa. Mientras tanto, el país se ahorrará otra pelea si la discusión vuelve a los contratos, a las cifras y a los procedimientos, que es donde debería haber estado desde el primer momento.