¿Qué queda de una gloria cuando el cuerpo obedece a otra música? La etapa 6 del Tour de Francia 2026, con su doble ascenso al Col d’Aspin y al Tourmalet, planteaba esta pregunta con la crueldad que solo la alta montaña permite. Egan Bernal, el único latinoamericano en vestir el maillot jaune en París, pedaleaba allí donde en 2019 construyó su leyenda. Pero las leyendas, advertía Tocqueville respecto de las democracias, tienen fecha de vencimiento cuando el presente exige rendición de cuentas.
La cronología del sufrimiento llegó puntual. A cuarenta y tres kilómetros de meta, Isaac del Toro atacó y Tadej Pogacar respondió con esa violencia refinada que define la élite. Jonas Vingegaard, segundo favorito, ya no podía reaccionar. Más atrás, Bernal, “sin poder hacer mucho”, como registraba la transmisión en vivo. La frase duele en su modestia. No dice “sufrió”, “cayó” o “se desvaneció”. Dice, con la precisión del que observa sin compasión: no pudo. En el deporte de alta competencia, esa incapacidad opera como sentencia.
El dato histórico que acompañó la transmisión completa el cuadro con tintes melancólicos. José Patrocinio Jiménez fue el único colombiano en ganar en el Tourmalet, en 1983. Cuarenta y tres años después, la camiseta amarilla perdía minuto y medio, y Bernal resistía en el grupo de favoritos sin ser favorito. La genealogía del ciclismo colombiano —de Herrera a Botero, de Uran a Bernal mismo— parece exigir una continuidad que la biología niega. Arendt escribía sobre la condición humana que la natalidad, el nacer de lo nuevo, es la única esperanza contra la irreversibilidad del acto. En el ciclismo, esa natalidad tiene nombre de juventud slovaca o danesa, no de ciclista zipaquireño recuperándose de una caída que le fracturó la espalda en 2022.
La presencia de Emmanuel Macron en la línea de meta añade una lectura que trasciende lo deportivo. El presidente francés, en campaña permanente por la legitimidad de su segundo mandato, entiende que el Tour es res publica en sentido genuino: un bien público que el Estado debe custodiar. Los colombianos, mutatis mutandis, hemos aprendido a invertir esa ecuación. Nuestros ciclistas triunfan no porque el Estado apoye, sino a pesar de que el Estado abandona. La infraestructura vial que destruye bicicletas, la inseguridad que obliga a entrenar en rodillo, la ausencia de patrocinio institucional: el éxito de Bernal en 2019 fue, en buena medida, una negación de nuestra realidad nacional.
Pero 2026 no es 2019, y el Tourmalet no admite apelaciones. Sergio Higuita y Harold Tejada sufrieron “en el pelotón”, según el reporte de los menos ciento dieciséis kilómetros. Fernando Gaviria, en otro grupo con Remco Evenepoel, confirmaba que este no era día para sprinters. La montaña separa con democracia implacable: no distingue nombres ni palmares, solo watts por kilo y capacidad de recuperación. Pogacar cruzó primero el puerto con veinte puntos de bonificación y treinta segundos de ventaja. Bernal cruzó en algún lugar del grupo, invisible para la historia que premia al primero.
¿Debe esto leerse como tragedia? La tradición liberal clásica que intento honrar en estas columnas distingue entre la derrota y el fracaso. La derrota es contingente, el fracaso es estructural. Bernal no fracasó: compitió donde pudo, resistió donde otros cedieron, y mantiene presencia en una carrera que muchos abandonan. Pero la distancia entre “resistir en el grupo” y “atacar en el puerto” es, en el Tour, la distancia entre la memoria y la vigencia. Colombia sigue esperando el ciclista que renueve el contrato de nuestra ilusión colectiva.
El deporte, decía Popper, es la sociedad abierta en microcosmos: reglas claras, competencia leal, resultado incierto. En el Tourmalet de 2026, la incertidumbre se resolvió contra nosotros con la claridad que permite la planicie. Queda, eso sí, la pregunta que el ciclismo colombiano no ha logrado responder: ¿invertimos en el futuro o seguimos cobrando intereses de un pasado que ya no nos pertenece?