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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 14 jun 2026

El último baile de Salah y la transición que no termina Bélgica

Dos generaciones enfrentan en Seattle el peso de la historia: una que se resiste a irse y otra que no logra llegar.

El último baile de Salah y la transición que no termina Bélgica — Deportes, ilustración editorial

¿Qué queda de una generación dorada cuando el bronce de 2018 ya parece reliquia y el fracaso de 2022 aún duele? Bélgica abre este lunes en Seattle su participación en el Mundial 2026 contra un Egipto que, en paralelo, se pregunta si podrá por fin convertir en victorias la devoción que despierta Mohamed Salah. El encuentro, programado para las 2:00 p.m. hora colombiana y transmitido por DAZN, condensa dos tensiones opuestas: la transición que no termina de consolidarse y la despedida que no quiere reconocerse como tal.

Los ‘Diablos Rojos’ llegan a Estados Unidos bajo la dirección de Rudi García, quien asumió la selección en 2025 con la tarea de reconstruir sin demolición total. La plantilla conserva nombres de peso —Thibaut Courtois, Kevin De Bruyne, Romelu Lukaku, Leandro Trossard, Jérémy Doku— pero la pregunta que ronda al grupo es si esa experiencia constituye cimiento o lastre. Después del tercer puesto en Rusia, la etiqueta de ‘generación de oro’ se volvió contra ellos en Catar, donde la eliminación en fase de grupos expuso una dinámica de vestuario que parecía más heredada de la diplomacia de congreso que del fútbol de élite. La fórmula de García apunta a aligerar esa carga: el grupo G, completado por Irán y Nueva Zelanda, ofrece un calendario que permite progresar sin la presión inmediata de los gigantes continentales.

Egipto, por su parte, encarna otra clase de urgencia. Los Faraones regresan al torneo tras ausentarse en 2022 y lo hacen con una fase de clasificación impecable: ninguna derrota, una defensa sólida y la mezcla calculada de veteranos con juventudes prometedoras. Omar Marmoush, Trézéguet, Mostafa Mohamed y el debutante de 18 años Hamza Abdelkarim componen un entorno ofensivo que orbita, como desde hace una década, en torno a Salah. El extremo, a sus 33 años y sin club tras su salida del Liverpool, afronta lo que la lógica deportiva sugiere como su último Mundial. La circunstancia añade una capa de dramaturgia que el fútbol africano conoce bien: las estrellas que brillan en Europa rara vez logran transferir ese fulgor a la selección, y las que lo consiguen —como Didier Drogba en su momento— dejan una huella que los sucesores no logran igualar.

La ampliación del torneo a 48 selecciones introduce aquí una variable institucional que merece atención. La clasificación de los ocho mejores terceros a dieciseisavos de final diluye, mutatis mutandis, la exigencia de los primeros lugares de grupo. Bélgica y Egipto, no obstante, aspiran a evitar esa ruta secundaria: un cruce de fase final contra un segundo del grupo F —donde compiten, entre otros, Francia y Estados Unidos— alteraría sustancialmente sus expectativas. El debut, en consecuencia, no es mero trámite sino declaración de intenciones.

La historia reciente de ambas selecciones invita a la cautela ante cualquier pronóstico. Bélgica demostró en 2022 que el talento acumulado no garantiza cohesión; Egipto, que la regularidad clasificatoria no se traduce automáticamente en éxitos mundialistas —nunca ha superado la fase de grupos en sus tres participaciones previas. El Estadio de Seattle, con su techo retráctil y su acústica que amplifica el rumor de las gradas, será este lunes un laboratorio de esas hipótesis. Los belgas necesitan confirmar que la era post-‘golden generation’ puede construirse sobre sus ruinas sin nostalgia paralizante; los egipcios, que la presencia de Salah no es epílogo sino prólogo de algo que otros puedan continuar.

En el fondo, el partido interroga una paradoja del fútbol contemporáneo: las selecciones nacionales, esas comunidades imaginarias que Benedict Anderson describió con precisión, dependen cada vez más de la biología de individuos que el mercado europeo consume y descarta en ciclos cada vez más breves. Salah sin club, De Bruyne en la recta final de su carrera, Lukaku transitando entre préstamos: son síntomas de una estructura que premia la movilidad sobre la arraigo. El Mundial, en ese sentido, ofrece una pausa anacrónica, un espacio donde la camiseta no se negocia y el pasaporte, al menos durante noventa minutos, prevalece sobre el contrato.

Quién salga victorioso en Seattle no definirá aún nada decisivo. Pero establecerá el tono narrativo de dos historias que, por distintos caminos, buscan evitar que su capítulo mundialista termine en anticipo.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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