Cuando el Vaticano habla de tecnología, Washington, Bruselas y Beijing escuchan. La anunciada encíclica del papa León XIV sobre inteligencia artificial, prevista para el 25 de mayo, no es un documento teológico menor: es un acto de posicionamiento geopolítico que expone las fracturas entre el modelo occidental de innovación desregulada y las demandas globales por gobernanza tecnológica.
Para Colombia y la región andina, el documento papal representa algo menos obvio pero igualmente relevante: una voz que reclama desde el Sur Global que las reglas sobre IA no sean escritas únicamente por Silicon Valley y Pekín.
La IA como arena de poder
La encíclica probablemente condenará el uso de inteligencia artificial en sistemas de armas autónomas. Esto no es retórica religiosa desconectada. Según reportes de organizaciones como Human Rights Watch, al menos 15 países desarrollan o despliegan drones y sistemas de fuego selectivo asistidos por IA sin regulación internacional vinculante. Colombia, que importa tecnología de vigilancia y defensa de Estados Unidos e Israel, está expuesta a estas innovaciones sin marcos claros sobre su legalidad bajo derecho humanitario.
El Vaticano, al condenar estas armas desde su púlpito moral, refuerza argumentos que gobiernos del Sur Global —incluyendo el nuestro— podrían usar en negociaciones sobre tratados de no proliferación de sistemas autónomos de armas letales. Hasta ahora, esas conversaciones en Ginebra avanzan lentamente, bloqueadas por potencias que no quieren ceder ventaja militar.
Trabajadores y desigualdad digital
El segundo eje probable de la encíclica —derechos de trabajadores frente a automatización— toca un nervio más directo para Colombia. La región andina enfrenta tasas de desempleo estructural que rondan el 8-9% según cifras de CEPAL. La automatización acelerada de procesos en manufactura, servicios y agricultura amenaza con profundizar esa brecha sin que exista política pública regional coherente sobre reconversión laboral o educación digital.
Cuando el Vaticano cuestiona cómo la IA “pone en tela de juicio derechos de trabajadores”, está legitimando demandas que sindicatos colombianos y centroamericanos llevan años planteando sin resonancia internacional: que la transición tecnológica no puede ser unilateral, que requiere pactos entre capital, trabajo y Estado, y que el Sur Global no puede ser mero receptor pasivo de tecnología que destruye empleos sin crear alternativas.
Diplomacia desde la moral
Hay un riesgo de sobreestimar el alcance de una encíclica. El Vaticano no tiene poder coercitivo. Pero sí tiene algo que gobiernos débiles necesitan: legitimidad moral que les permite decir “no” a presiones de potencias tecnológicas sin parecer retrógrados.
Una encíclica papal que condena armas autónomas de IA refuerza la posición de países que, como Colombia, buscan mantener cierto margen de maniobra en negociaciones sobre regulación tecnológica sin ser acusados de “estar contra la innovación”. Igualmente, un documento que reclama protección laboral en la era de la IA valida políticas de reconversión y capacitación que gobiernos andinos necesitan implementar.
La pregunta incómoda
Lo que la encíclica no resolverá es la asimetría fundamental: los países que desarrollan IA tienen incentivos para mantenerla desregulada; los que la importan quedan expuestos a sus externalidades sin poder negociar sus términos. Colombia, como importador neto de tecnología y exportador de datos (a través de plataformas globales), está en el lado débil de esa ecuación.
La intervención papal es bienvenida como contrapeso moral. Pero no sustituye lo que la región realmente necesita: capacidad técnica propia para evaluar tecnología, marcos legales que protejan datos y derechos laborales, y negociadores que entienda que “soberanía digital” no es eslogan sino condición para no quedar atrapados en modelos que otros diseñan.
El 25 de mayo sabremos qué tan lejos está dispuesto a ir el Vaticano. Mientras tanto, gobiernos andinos deberían usar esa encíclica como palanca, no como sustituto de política pública propia.